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Opinión

Indignación colectiva

A semana seguida, otra tragedia nos toca, aunque su epicentro esté a cientos de kilómetros. El dolor por la violación y el asesinato de una nena de siete años trasciende fronteras. Nos conmueve y nos indigna profundamente. Somos justicieros en redes sociales, queremos lapidar al demente que le hizo daño a un ser tan puro, que solo debería recibir protección de parte de todos.

Deseábamos saber quién era el responsable, verle la cara, ser testigos de cómo se pudre en la cárcel. Cuando supimos que el sospechoso era un “riquillo” drogadicto, la indignación se volvió una descarnada lucha de clases y toda la atención se centró en conocer el pasado de este monstruo, y no en proteger a nuestras niñas, a nuestras mujeres, para que no haya ni una menos. Aquí, gracias a la Ley de Comunicación, se le habría protegido la identidad a este desalmado.

Estas cosas horribles pasan también en nuestro país, a veces sin que nadie lo sepa. O lo que es peor, a veces se mantienen ocultas por intereses políticos, religiosos o sociales. ¿Qué tanto nos indignamos cuando un maestro golpea a nuestros hijos? ¿Qué hacemos como sociedad cuando sabemos que un hombre golpea a una mujer? ¿Cuáles son los crímenes de los que decidimos enterarnos y en qué casos nos hacemos de la vista gorda?

Debemos sentir vergüenza como sociedad de que sigan ocurriendo cada día miles de episodios de maltrato a nuestros niños, a nuestras mujeres. Hay que dejar de echarle la culpa al cantante, al rico, al pobre, a la víctima. Hagámoslo por Yuliana, cuya tragedia me ha sacudido profundamente porque soy padre de una niña de 7 años. Por eso sé que ningún castigo merecido contra ese animal podrá calmar la pena de perder a una hija.