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Opinión

Guayaquil, sucursal del infierno

Las películas de terror de Hollywood quedaron “cortas” en relación a los hechos violentos suscitados esta última semana en las instalaciones de la Penitenciaría de Guayaquil. La sangre pintaba un lienzo de terror y violencia dentro del centro de rehabilitación donde las muertes se comenzaron a contar de diez en diez al pasar de las horas. La masacre desatada entre los propios presos fue motivada por disputas internas de control y manejo del centro carcelario.

Gritos que se mezclaban con el sonido de las detonaciones de las armas se convirtieron en el canto de terror proveniente de los internos que luchaban en desventaja por sobrevivir. Sus cuerpos fueron transformados en una especie de “rompecabezas” imitando viejas prácticas narcoguerrilleras donde el desmembramiento de los cuerpos ya es algo común en esos países. El tráfico paralizado en los alrededores de la ‘Peni’ aumentaba aún el caos que vivió la ciudad a esas horas del día. Los familiares comenzaron a llegar para pedir explicaciones de los acontecimientos y para saber sobre el estado de salud de los suyos. El desenlace de esa jornada tuvo un trágico saldo de más de 100 personas asesinadas, quienes pudieron finalmente obtener su pase de libertad al otro mundo no terrenal. La Penitenciaría se transformó de un centro de rehabilitación social a una carnicería digna de película de terror de las de Tarantino donde no hay lógica, orden, respeto ni valores ante nada ni nadie.

La intervención policial da resultados pasajeros de muy baja eficiencia dentro del penal, para lo cual se necesitan tomar nuevas medidas que disuelvan a estas bandas y devuelvan el control total del centro de privación a las autoridades que con terror esperan que se calmen los ánimos. Las autoridades deberían aplicar planes más agresivos y radicales contra estos “desalmados” que quieren imponer sus propias reglas y lineamientos de comportamiento dentro de cada pabellón.