El consumo de drogas en Guayaquil inicia desde los 8 años y las atenciones se triplican
Centros de ayuda a consumidores han detectado que los casos de desintoxicación de drogas comienzan a edades cada vez más tempranas

Las actividades formativas son parte del programa del Cetad, que busca la reinserción laboral de sus usuarias.
“Yo sentía que el diablo me arrastraba en sueños mientras dormía. Me desperté y le pedí ayuda a mi mamá”, recuerda Mishelle, de 21 años, quien viste un traje de leopardo de cuerpo entero durante la entrevista con EXTRA. Es adicta en recuperación y vive en Guayaquil.
Asegura que, en muy poco tiempo, se convirtió en la ‘reina’ de las fiestas. De esas donde los beats de la música electrónica suenan como latidos del corazón. Lugares que había visto en series de ficción, donde los jóvenes se drogaban y parecían felices. Intentó imitarlos. No sabía nada de prevención ni de los efectos de las sustancias que consumía.
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Hoy lleva otra corona, de artificio. Es la ‘reina’ del Centro Municipal de Tratamiento Primario de Desintoxicación (Cetad), que dirige el Municipio de Guayaquil, uno de los espacios gratuitos que mantiene la institución y donde Mishelle busca reconstruirse.
Pero su historia no es aislada. Carlos González, director de Salud del Cabildo, explica que 48.337 personas han recibido atención en estos programas durante los últimos tres años. Además, proyectan la creación de una nueva clínica de rehabilitación. Solo en este año, 8.811 personas se han acercado a pedir ayuda por consumo.
José Giler, médico que atiende a pacientes del Cetad, le revela a EXTRA que el consumo de drogas en el Puerto Principal se registra a edades cada vez más tempranas, incluso desde los ocho años.
“Hay un aumento en la demanda de atenciones. La que usan más es la H (heroína mezclada con cal, cemento, éter, veneno para ratas y hasta ketamina) y luego la mezclan con otras drogas. Tenemos la percepción de que está aumentando el consumo por la cantidad de pacientes que llegan al centro”, explica el profesional.
Marihuana, ‘cocaína rosada’ (tusi) y anfetaminas formaban el cóctel que consumía Mishelle en cada farra. La mezcla de drogas (ya sea intencional, por decisión del consumidor, o involuntaria, por la venta de sustancias adulteradas en el mercado ilegal) se ha vuelto una tendencia que los psiquiatras identifican con frecuencia en consulta, cuando el consumo ya se convierte en un problema.
“No hay una gaceta epidemiológica actualizada. Ahora hay una mezcla de drogas que ni ellos saben lo que están consumiendo. Se ve un incremento de trastornos mentales, hay incremento en las drogas de diseño”, asegura Julieta Sagñay, psiquiatra del programa de atención para adictos del Municipio de Samborondón.

El consumo de H entre menores de edad se ha disparado en los últimos años.
Atención se triplicó
Raúl lidera el grupo Somos Milagros de Narcóticos Anónimos (NA) en Ecuador. Ese rol, el de guiar a otros, se lo ha ganado con años de sobriedad, reuniones constantes e historias que se repiten. Trabaja con jóvenes y adultos adictos a las tres sustancias que más circulan (y que más se incautan), según datos de la Policía Nacional y registros de NA: marihuana, base de cocaína y cocaína.
“Hace cinco años recibíamos, a nivel nacional, en los 220 grupos, a 39.600 personas al año. En los últimos tres años han sido 132.000 personas anualmente”, explica. ¡Alarmante!
La cifra no se detiene. Crece. Se multiplica.
Raúl habla de jóvenes seducidos por bandas de narcotraficantes, reclutados con drogas y arrastrados a filas que muchas veces terminan en la muerte. Los ha visto caer, incluso en medio de procesos de rehabilitación.
Si algo ha cambiado en estos años, dice, es la edad de quienes piden ayuda. Antes estaban en sus 20. Ahora tienen 12 o 15 años. Más pequeños. Más vulnerables.
Las provincias de Carchi, Imbabura, Esmeraldas, Manabí, Guayas, Los Ríos y El Oro concentran la mayor demanda en NA. Distintas historias, mismo destino: alguien intentando salir.
Una realidad que también se refleja en Quito. “Tengo un paciente de nueve años que consume base de cocaína. Y uno de 85 que consume marihuana y base”.

El médico José Giler atiende a diario a consumidoras que acuden al Cetad de Bastión Popular en busca de ayuda.
El psiquiatra Armando Camino, presidente de la Asociación Ecuatoriana de Psiquiatría Biológica, analiza esta problemática desde otra perspectiva. Afuera se habla de delincuencia, inseguridad y toneladas de drogas incautadas. Pero él plantea otra pregunta: “¿Qué se está haciendo para evitar que alguien empiece?”.
Explica que el consumo no aparece solo. Llega acompañado, sobre todo, de problemas de salud mental. “Tengo pacientes que han tenido brotes psicóticos. Algunos ya han sido diagnosticados con esquizofrenia”.
El último estudio nacional sobre consumo de drogas es de 2016. Desde entonces, poco o nada.
Juan Ayala, presidente de la Asociación de Psiquiatras de Pichincha, coincide: el consumo de drogas y alcohol en América Latina va en aumento, pero no se puede medir con precisión.
“El Ministerio de Salud Pública, las Fuerzas Armadas, la Policía, el INEC, los GAD… no tienen cifras completas de lo que está ocurriendo en el país”. Falta información. Falta registro. Falta seguimiento. “La salud mental es la última rueda del coche”, lamenta. Y queda ahí, girando detrás.
Desde una cama del Centro de Rehabilitación del Municipio de Guayaquil, Ximena recuerda cómo empezó. “Yo evadía mi realidad. Consumía porque tenía problemas con mi madre. Primero fue la cocaína, después la H. Me adormecía más. La base me daba paranoia”, cuenta.
La conoció en fiestas. Como muchos. Para escapar. Ahora, en el centro, ha aprendido a nombrarse: adicta. Y a volver al grupo cuando algo se rompe.
Drogas mezcladas, daños multiplicados
A Giovani Burneo lo saludan en la calle. Le piden fotos. Lo reconocen por sus videos de política, en los que denuncia corrupción, y por la feria de lectura que organiza los domingos en la calle Panamá. Lleva 17 años sin consumir. Entró a Narcóticos Anónimos y se quedó. Ahora es terapista vivencial.
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En la clínica privada vio de todo. “A los 11 años ya hay chicos que han fumado marihuana. Otros empiezan con H”. Habla de deserción escolar, de jóvenes sedados, de ketamina vendida como H aunque no tenga heroína.
En Pichincha, el psicólogo Carlos Vallejo describe algo similar: pacientes que llegan con síndrome de abstinencia incluso cuando aseguran haber consumido solo marihuana. La razón está en las mezclas: fentanilo con H, con marihuana, con tusi (la ‘cocaína rosada’ que contiene ketamina, MDMA, metanfetaminas, anfetaminas y otras sustancias psicoactivas). “Eso tiene un fin: que el cuerpo se acostumbre”, explica.
Lo ve en consulta. En los síntomas. En los cuadros que no encajan del todo. Episodios psicóticos que ceden con tratamiento, pero que dejan secuelas.
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Daniela Moina
Drogas sintéticas sin control
La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito advierte que el consumo de cocaína en América Latina va en aumento. En su informe de 2023 señala un crecimiento cercano al 50 % y alerta sobre la expansión acelerada de drogas sintéticas en la región.
Son esas mismas sustancias de las que Mishelle habla en el grupo de apoyo. Las que se llevaron a sus amigos, recuerda. De esas intenta alejarse.
Busca apoyo en la clínica de Bastión Popular. Se queda. Dice que ahí encuentra algo parecido a la esperanza. Porque hay un lugar al que no quiere volver. El mismo donde empezó el horror.