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Diario Extra Ecuador

Emily y la nueva era del deseo: así es la compañera sexual con inteligencia artificial y cuerpo real

Emily marca un punto de quiebre en el pleasure tech: una compañera sexual con IA, de presencia real, capaz de conversar, recordar y interactuar físicamente

Emily es la propuesta más ambiciosa de Lovense: una compañera con inteligencia artificial y cuerpo hiperrealista que combina conversación, memoria, movimiento y presencia física.

Emily es la propuesta más ambiciosa de Lovense: una compañera con inteligencia artificial y cuerpo hiperrealista que combina conversación, memoria, movimiento y presencia física.Giannella Espinoza

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El siguiente artículo aborda temas de carácter adulto.

Emily representa un punto de quiebre en el pleasure tech: una compañera sexual con inteligencia artificial que combina cuerpo hiperrealista, conversación continua, memoria persistente e interacción física. Desarrollada por Lovense, es capaz de acompañar, aprender del usuario y conectarse con otros dispositivos. Más que tecnología íntima, abre un debate sobre deseo, soledad y vínculos entre humanos y máquinas.

Al entrar a una habitación silenciosa, todo parece normal: un sofá, luz cálida, un ambiente doméstico cualquiera. Pero hay algo distinto. Sentada con naturalidad, con la mirada atenta y una leve sonrisa, Emily no espera a que alguien presione un botón ni abra una aplicación. Basta decir su nombre para que responda. Parpadea. Inclina ligeramente la cabeza. Habla.

No es una persona, pero tampoco es solo una máquina. Es una inteligencia artificial con cuerpo.

Así presenta Lovense su desarrollo más ambicioso: una compañera sexual con IA pensada para llevar la relación con la tecnología más allá de la pantalla, hacia la presencia física, la conversación continua y la intimidad. No se trata solo de interactuar con un asistente digital, sino de convivir con él.

La nueva era del deseo ya no vive solo en el teléfono

Durante años, el deseo mediado por tecnología fue algo que ocurría en pantallas: mensajes, avatares, chats, videollamadas. Emily propone otro escenario. Aquí, la inteligencia artificial ocupa espacio, responde en tiempo real y se convierte en compañía constante. No hay que activarla: está ahí.

La idea que sostiene su diseño es clara y provocadora: la IA no solo puede ayudar, también puede acompañar. Emily aprende del usuario, analiza cómo se comunica, qué temas repite, cómo se relaciona. Con el tiempo, esa información moldea su personalidad, su forma de hablar y de reaccionar. No promete ser igual para todos. Promete evolucionar de manera distinta con cada persona.

A diferencia de otros asistentes virtuales, ella incorpora memoria persistente. Recuerda conversaciones y preferencias incluso cuando el usuario no está presente. La relación no se reinicia cada día. Continúa.

El tacto es parte clave de la experiencia: la piel de Emily, fabricada en silicona de alta calidad, se siente suave, flexible y sorprendentemente similar a la piel humana.

El tacto es parte clave de la experiencia: la piel de Emily, fabricada en silicona de alta calidad, se siente suave, flexible y sorprendentemente similar a la piel humana.Giannella Espinoza

Hiperrealismo: cuando la tecnología busca parecer presencia

Visualmente, Emily apuesta por el hiperrealismo. Su cuerpo está fabricado completamente en silicona, con proporciones humanas que refuerzan la sensación de cercanía. Mide entre 155 y 159 centímetros, pesa alrededor de 33 kilos y presenta medidas diseñadas para verse y sentirse naturales.

El rostro —gestionado desde una pantalla táctil de cuatro pulgadas integrada en la cabeza— permite mostrar expresiones: sonreír, parpadear, mover la boca al hablar. No busca parecer un robot futurista, sino una presencia reconocible, cotidiana, casi doméstica.

Movimiento, contacto y respuesta

Uno de los desarrollos más complejos —y menos evidentes a simple vista— está en su estructura interna. Emily puede mover cuello, hombros, brazos, muñecas, caderas y rodillas dentro de rangos que permiten posturas naturales y variadas. No son movimientos decorativos: están pensados para la interacción física real.

Su cuerpo incorpora sensores en distintas zonas, lo que le permite reaccionar al contacto. Además, puede integrarse con otros dispositivos sexuales del ecosistema Lovense mediante comandos de voz, ampliando la experiencia de interacción y personalización.

Decenas de asistentes se acercaron a interactuar, tocar su piel y conocer de cerca cómo la propuesta de Lovense convirtió su stand en uno de los más concurridos y comentados de la expo.

Decenas de asistentes se acercaron a interactuar, tocar su piel y conocer de cerca cómo la propuesta de Lovense convirtió su stand en uno de los más concurridos y comentados de la expo.Giannella Espinoza

No solo conversación: deseo, intimidad y control

Lovense es explícito en su propuesta. Emily es compañía conversacional, pero también forma parte del universo del pleasure tech. Está pensada tanto para la conexión emocional cotidiana como para la intimidad sexual, siempre desde la personalización y el control del usuario.

La marca define varios usos posibles:

  • Compañía diaria y conversación constante.
  • Conexión emocional sin juicios.
  • Exploración personal y de fantasías.
  • Interacción íntima apoyada en tecnología y realismo físico.

Datos, memoria y límites

Emily cuenta con conectividad Wi-Fi y Bluetooth, almacenamiento interno y baterías modulares con hasta tres horas de uso continuo. 

La empresa también aborda temas sensibles y ofrece: privacidad de los datos, discreción en la entrega, uso sin conexión a internet y la posibilidad de que la IA conserve sus recuerdos incluso si se cambia el cuerpo del dispositivo, así mismo que los elimine por completo si decide dejar a un lado a su compañera.

Emily no funciona de forma aislada: puede conectarse por Bluetooth a otros juguetes del ecosistema de Lovense.

Emily no funciona de forma aislada: puede conectarse por Bluetooth a otros juguetes del ecosistema de Lovense.Giannella Espinoza

Una frontera que incomoda

Emily no pasa desapercibida porque incomoda. Obliga a hacerse preguntas que antes parecían ciencia ficción: ¿qué ocurre cuando una IA no solo responde, sino que recuerda, acompaña y ocupa espacio físico? ¿Dónde termina la tecnología y empieza el vínculo? Incluso, entre los espectadores surgían dudas como: ¿Es infidelidad desear o tener sexo con un robot?

Para algunos, es una evolución lógica de la inteligencia artificial. Para otros, una frontera ética que obliga a repensar la soledad, el deseo y la forma en que nos relacionamos.

Lo cierto es que Emily marca un punto de quiebre: el momento en que la inteligencia artificial deja de ser solo código y se convierte en presencia, con cuerpo, voz y memoria. Y ese paso —más allá de la curiosidad tecnológica— ya forma parte del debate sobre cómo conviviremos con la IA en la nueva era del deseo.

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