“¡No solo los malos están presos!”
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“¡No solo los malos están presos!”

Fue sentenciado por homicidio culposo en 2014 por el caso 30S. La cárcel le enseñó otra perspectiva de vida para lo que no lo preparó la Policía.

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Octubre de 2015, Guzmán se incorporó como abogado. Fue uno de los primeros reclusos en graduarse.

La lluvia era corta y constante. El cielo estaba nublado y el frío de Quito helaba los huesos de Francisco Guzmán.

Era martes 4 de noviembre de 2014 cuando el ahora exoficial de la Policía Nacional ingresó a la Cárcel Nº 4 por el delito de homicidio culposo. Lo acusaban de asesinar al estudiante Juan Carlos Bolaños, el 30 de septiembre de 2010.

LO VIVIDO

Francisco asegura que fue crimen que no cometió. Con el paso del tiempo, la Corte Constitucional declaró la vulneración de sus derechos durante el proceso y ordenó su libertad en 2016.

La orden judicial no se cumplió y Guzmán tuvo que esperar completar 6 años (el 47 % de la pena impuesta) para salir, esto según el antiguo Código Penal. Así se podría acoger a la prelibertad. Las rejas lo dejaron afuera en agosto de 2017.

Guzmán, de 37 años, era capitán y pertenecía al Grupo de Operaciones Especiales (GOE).

Ingresó a las filas tácticas cuando era subteniente en 2004. Un año después obtuvo la primera antigüedad como comando de la 8ª promoción.

Sin embargo, los honores y las medallas quedaron traspapelados en procesos judiciales a los que tuvo que someterse desde que fue encarcelado.

La cárcel marcó un antes y después para la vida de Francisco y la de su familia. Su ‘pesadilla’, como así recuerda a su experiencia carcelaria, no fue inmediata y ocurrió cuando él decidió presentarse ante las autoridades para esclarecer la acusación que pesaba en su contra.

Era marzo de 2012 y Guzmán se alistaba para ir a patrullar cuando un capitán le tocó la puerta, le entregó una hoja y le dijo: “Body, qué pena hacer esto, pero debe acompañarnos a Quito”.

Las ocho horas de viaje entre la Perla del Pacífico y la Carita de Dios fueron eternas. En el trayecto, Guzmán llamó a sus padres para que busquen un abogado. No quedó detenido, pero pasó a disposición y luego a transitoria. Dos fases que otorga la Policía Nacional para que un uniformado solucione su situación legal. Posteriormente a eso, en caso de no resolver el problema y tener una sentencia ejecutoriada, es separado de la entidad.

En ese lapso, Francisco decidió presentarse ante la justicia luego de ver en los medios de comunicación que el exfiscal general del Estado de ese entonces lo nombró como ‘prófugo’. “Fui para demostrar que soy una persona de honor y no tenía por qué huir. No sé por qué dijeron que estaba prófugo cuando iba todas las semanas a presentarme a la Comandancia de Policía”, expresó.

Aquella tarde Francisco entró al centro carcelario y fue enviado a una habitación de observación, en la que solo había cartones en el piso sucio. Las paredes eran despintadas y por los pasillos sombríos transitaban expolicías, exmilitares, políticos, exjueces y hasta exfiscales.

huella en la cárcel

Guzmán pensó que pasaría detenido tres semanas, pero pasó casi tres años recluido. Tiempo que le permitió dejar su ‘huella’ en la cárcel, así como la dejó en la Unidad de Mantenimiento del Orden (UMO), cuando lideró esa unidad en Guayaquil.

“Veía a compañeros de celda deprimidos, que vivían el día a día acostados en la cama sin querer levantarse. Decidí hacer tripas el corazón y decir no me dejaré vencer, continuar mi vida de una manera diferente”, contó.

Fue precisamente tras las rejas que Guzmán se graduó como abogado y continuó sus estudios de maestría. A diferencia de otros compañeros de clases que usaban relojes en sus muñecas, él iba a rendir examen esposado y escoltado por policías.

A la par, incentivó a los internos de la cárcel a realizar mingas para mejorar el aspecto del centro. También organizó eventos para recolectar fondos, pintar las paredes, mejorar el ‘rancho’, como se le conoce a la comida, y organizar la entrega de juguetes y caramelos para los hijos de los detenidos en Navidad y fin de año.

“Aprendí que no solo los malos están presos. Antes creía que todos eran culpables, pero adentro uno llega a conocer inocentes, gente buena, con la que entablas una amistad y te apoyas mutuamente”, señaló mientras buscaba las fotografías de la banda musical que creó en la cárcel y con la que animaban las tardes.

Según él, algunos reos no tenían posibilidades económicas y buscaban pintar cuadros o hacer trabajos de carpintería para ganar dinero y así mantener a su familia desde la cárcel. Guzmán admitió que había internos que conseguían celulares y por las noches llamaban a sus hijos para ayudarlos a hacer las tareas.

Él optó por esperar cada cinco días la visita de su mamá y hermanos. Eso sí, siempre recibiéndolos con una sonrisa o bromas. “No podía permitirme que me vean mal”, dijo.

EL RENACIMIENTO

Una fotografía oculta de su hija, de ahora 10 años, y la fe lo mantuvieron con ánimo. Sin embargo, las idas y venidas de las audiencias para defender su inocencia lo agotaban e hicieron que cayera en depresión.

En 2016, la Corte Constitucional falló a favor de Guzmán y reconoció que se vulneraron sus derechos durante el proceso que se le acusaba. Recuerda que la sentencia exigía su libertad en caso de que no contara con ella y que pese a eso, no lo dejaban salir.

“En ese instante no pude más. Me deprimí, empecé a padecer vértigo y sufrí un cuadro de depresión”, relató. Según él, su hoja de excarcelación estaba traspapelada y no le daban el ejecútese.

Describió que pasó un par de semanas adormitado por las medicinas. La depresión lo dejó con una enfermedad en los glóbulos rojos desde entonces. Para evitar los fármacos, Guzmán decidió vencer la depresión, retomar el ejercicio y las actividades como la música que había implementado con los reos del centro. “En la cárcel vine a cumplir mi sueño de convertirme en pintor y dibujar retratos”, enfatizó.

Un año después, en 2017, Guzmán volvió a ir a audiencia. En esa ocasión solicitaba su prelibertad conforme lo estipula el Código Orgánico Integral Penal (COIP). Estaba nervioso y sin esperanzas. Por eso decidió no decirle a su familia de la diligencia judicial, tampoco pagar un abogado y solicitar un defensor público.

La sala era vacía y luego de revisar las carpetas del proceso, los jueces decidieron otorgarle la prelibertad. Guzmán vestía un calentador y un abrigo. En su bolsillo tenía solo cinco dólares con los que tomó un taxi hasta su casa. Su sobrino se sorprendió al verlo. Su mamá estaba en la cocina, la llamó y ella casi se desmaya de la emoción y lo abrazó entre lágrimas.

RECONOCIMIENTO

La casa que lo vio crecer como uniformado fue la misma que reconoció su lucha por la justicia. Francisco no pensó volver nuevamente a las instalaciones del GOE y más aún como civil. La unidad táctica le organizó un reconocimiento por su valentía durante el proceso judicial y por su desempeño como policía.

Guzmán recuerda que antes que su ‘pesadilla’ iniciara, él había viajado hasta Colombia y Brasil a realizar cursos de instrucción. También que creó el logotipo de la UMO y capacitó a los uniformados de esa unidad. “A donde voy, dejo mi huella. Siempre ha sido así”, puntualizó.