SUSCRÍBETE
Diario Extra Ecuador

Actualidad

La calle sí es como la pintan: ¡Dura!

Insultos, desprecio y amenazas recibió este comunicador disfrazado de vendedor de agua de coco.

En la entrada de la 8 hay decenas de vendedores informales que ‘pelean’ por un lugar.

En la entrada de la 8 hay decenas de vendedores informales que ‘pelean’ por un lugar.Mariuxi Cáceres

Publicado por

Creado:

Actualizado:

La entrada de la 8 no es solo el sitio donde convergen las unidades de transporte que ingresan a las populosas cooperativas del noroeste de Guayaquil. Es un lugar donde los comerciantes informales se convierten en gacelas para tratar de tomar clientes ‘al vuelo’, aprovechando los semáforos en rojo.

Se lo ha señalado también como un sitio conflictivo, por la serie de robos y asaltos que allí se producen. Es “la boca del lobo”, dijo una moradora que, por temor, no quiso identificarse.

“Ya estamos acostumbrados a ver correr a sujetos que, al paso, van arranchando las cosas”, agrega el dueño de un local de comidas. “Los amigos de lo ajeno como tigres siempre están cazando a sus víctimas”, dice antes de retirarse.

Así, en medio de este ambiente, me preparo para ingresar como vendedor de agua de coco donde ‘las papas queman’. Mi intención es ubicar visualmente a esos sujetos que se han ganado mala fama.

Antes de iniciar esta misión un contacto que tengo en el sitio me advirtió: “Delgado, ten cuidado con la Pulmón de gato, la pelada desde hace tiempo te la tiene dedicada, si te descubre que andas disfrazado de coquero no va a estar viendo que eres periodista, sino que te va a entrar a como pinte”.

Pulmón de gato es una mujer menuda que siempre está en líos con la justicia. Ella y otros sujetos de malos antecedentes que se hacen pasar por vendedores callejeros han hecho su centro de operaciones en la entrada de la 8.

“Son como doce individuos que, con el pretexto de ofrecer algo, cometen fechorías y nos perjudican a quienes somos verdaderos comerciantes. Por eso cuando nos acercamos la gente nos mira mal, como si les fuéramos a hacer algo”, menciona Diego, quien ofrece fundas de mangos en ese sitio.

Así, con las fundas de refrescos y pedazos de coco, se inicia mi aventura en medio del bullicio de la gente y el pito incesante de los carros.

De entrada siento el peso de la carga que llevo en uno de mis brazos. Lo que aparentemente se veía sencillo no lo es, pues es como cargar en una funda un pedazo de piedra que con el pasar de los minutos termina cansando a cualquier persona que no está acostumbrada.

Pero estaba metido en este lío y mi misión tenía que continuar. Me acerqué al primer vehículo aprovechando el semáforo, golpeé el vidrio y me llevé la primera sorpresa, cuando una niña espantada me vio y buscó abrazar a su papá.

“Papito, te juro que ahora me voy a portar bien, pero dile que se vaya ese señor”, le dijo con cara de angustia al ver mi rostro. El hombre entre molesto y sorprendido subió el vidrio y expresó: “Cada vez se ven cosas peores en este lugar”. Aceleró y se fue.

La imagen de la niña se me quedó grabada y tuve que acercarme al retrovisor de un vehículo para constatar el porqué se asustó tanto. Ahí me percaté de que la peluca que me había puesto me transformó, sin querer, en un vendedor bastante feo. Pero ni modo, tenía que seguir.

Con voz fingida y ronca le dije a otro conductor: “Amiguito, refrésquese, cuide sus riñones con una agüita de coco”. El chofer me vio con cara de malos amigos y no me respondió. Eso sí, no me bajó la mirada hasta que el semáforo se puso en verde y se fue.

Una señora a quien le ofrecí el producto ni bien me vio empezó a alejarse, y como le seguí insistiendo me dijo:

-“Oiga, váyase o llamo a la Policía”.

- “Madrina, solo quiero que me colabore comprándome una fundita de agua o un pedacito de coco, solo cuesta 25 centavos”, le dije.

Y ella reaccionó: “Uy Dios, dónde me vine a meter”, aceleró su paso y se marchó. Ya a estas alturas algunos vendedores ambulantes me habían puesto el ojo.

Uno de ellos se acercó y me dijo: “¿Pana, de dónde saliste? Si quieres te presto una peinilla. Con esa pinta alejas a los clientes, así que me haces el favor y avanzas hasta la otra esquina porque nos estás dañando el negocio”.

Para evitar problemas me retiré y lo que tanto temí se dio cuando un pana de la Pulmón de gato me vio sentado descansando del peso que representaba cargar esas fundas de agua de coco.

De reojo lo observé, él no me quitaba su mirada de encima mientras conversaba con otros sujetos aparentemente vendedores. “Ojo con ese man, no es de la zona”, le manifestó a otro individuo que me estaba viendo.

“Mírale la pinta se parece al Capitán Cavernícola”, dijo a la vez que se reía sarcásticamente.

“Oye enjambre de piojos date chapeta si no quieres problemas”, me advirtió otro. Las risas iban y venían entre esos individuos que multiplicaban sus mofas contra mí.

“Se parece a la vieja de mi abuela cuando recién se levanta de la cama”, agregó otro de los sujetos que se había sumado a esa reunión improvisada.

Me dije entre mí: “Ahora solo falta que aparezca esa Pulmón de gato y me descubra”. Me paré para retirarme cuando uno de los tipos que aparentemente eran vendedores me dijo: “Mechudo, desde hace rato estás lampareando con tu agua sucia, ya mi pana te advirtió que te fueras, así que fumígate para otra zona”.

En ese momento me llené de valor y le dije con una voz fingida: “¿Qué, eres muy bravo? También tengo el mismo derecho a vender que tienen ustedes”. El sujeto entonces agregó: “Mira Capitán Cavernícola aquí no has pagado peaje ni has hablado con la gente para vender tu agua. Por última vez te digo que te vayas”.

Nuevamente tomé mi mercadería y aprovechando la presencia de dos policías que andaban a pie decidí retirarme. Comprendí entonces que los vendedores ambulantes también forman grupos y como en otros conglomerados informales no miran bien a los nuevos.

Seguí caminando tratando ahora de ingresar a los buses de transporte público. Los conductores, en su mayoría, me cerraban las puertas. Habían otros vendedores que conocían la maña y esperaban que baje el último pasajero para subir al braveo, quise hacer lo mismo, pero la falta de práctica me resultó cara, pues cuando di la apariencia de estar enojado para sorprender al chofer, este se paró con malas intenciones así que desistí del intento.

La carga que llevaba, cada vez me pesaba más, solo una hora después de estarlo intentando un niño le dijo a su papá: “Tengo sed, cómprame una agüita de coco”.

Mi alegría fue tal al ver que el hombre sacó de su bolsillo una moneda de 50 centavos, me estaba quedando con la misma cuando el hombre me dijo: “¿Y el vuelto?” “¿Qué vuelto?”, le repliqué.

“Los 25 centavos pues mi pana”. Le dije: “No caballero, esta agüita no es mezclada. Es coco auténtico de Esmeraldas. La funda le vale 50 centavos”. Y le agregué: “Pero como estoy promocionando el 2 por 1 le voy a obsequiar la otra agüita de coco para usted”. El hombre un poco molesto la tomó y se alejó con su hijo.

El tiempo pasaba y mi cansancio aumentaba. Aunque parezca mentira, en ocasiones el peso del agua de coco hacía que el palo donde se sostenía me lo tire al hombro, era una forma rara de llevar el producto, pero no me quedaba otra, ya que mi brazo casi no me respondía. Me pregunté entonces:

“¿Cómo los vendedores pueden sostener esta actividad por horas y hasta correr para alcanzar los vehículos y ofrecer el producto?”. Y así como llegué en silencio decidí retirarme, sin revelar al final de la jornada quién realmente era, me perdí entre la muchedumbre, eso sí, con un buen dolor de hombro, brazo y espalda. Hasta la próxima.

tracking