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“Fui ‘chivero’ por un día”
José Delgado vivió en su pellejo el duro y ya casi inexistente oficio de vender leche de cabra. Una verdadera odisea.

José Delgado se disfrazó de ‘chivero’ y ejerció el oficio por un día.
Son las 11 de la mañana y un sol inclemente, que raya los 33 grados centígrados, ‘fríe’ la Perla del Pacífico y, por ende, la cooperativa Los Olivos de Isla Trinitaria, sur de la ciudad, no es la excepción.
A sus envejecidos 50 años, Víctor Alfonso Alvarado se apresta a cumplir un día más en la dura y ya casi inexistente labor con la que se ha ganado la vida durante el último cuarto de siglo: vendiendo leche de cabra.
El “meeehhh” de “Isabel”, “Josefina” y “Lupita” lo conectan con su realidad. Con sus tres inseparables chivas alerta a sus vecinos más cercanos de Isla Trinitaria de que está a punto de salir a ganarse el pan de cada día. Una rutina que repite hace 25 años. Cuatro generaciones de chivas han acompañado fielmente a este hombre que parece sacado de algún cuento olvidado de antaño.
El recuento de su vida solo es comparable con las historias del ‘Soldadito de Plomo’, de ‘Pinocho’ y de otras tantas narraciones que de pequeños nos fascinaban por lo cándidas, cálidas e ingenuas. Pero, a diferencia de esos cuentos entretenidos, lo que nos va a tocar vivir en este día es una odisea.
Los actores serán de carne y hueso y las protagonistas olerán a chiva sudada. Ellas y el último chivero de Guayaquil nos harán vivir aventuras de todo tipo. La presencia de muchos animales en la ciudad quizá data de hace unos 30 años cuando familias del campo emigraron a la periferia de la urbe porteña.
Pero, con el pasar del tiempo los caballos, los burros, las chivas y demás animales usados para tracción desaparecieron. Los nuevos tiempos cambiaron la ciudad. Con algo adicional: las ordenanzas municipales le pusieron fin a la presencia de este tipo de animales en la vía pública.
Pese a todo esto, “Isabel”, “Josefina” y “Lupita” desfilan casi clandestinamente por las calles de la ciudad para que su patrono no se muera de hambre.
Así con don Víctor partimos preparados para un recorrido que abarcará varias horas de caminata. El atuendo que llevo evitará que la gente me reconozca. Justifico todo con que él, de cuando en cuando, se consigue asistente.
-“Don Delgado: con el respeto que se merece usted ya no está para estos trotes. De aquí hasta la Bahía son dos horas y media de ida y dos horas y media de venida más. Por eso salgamos a la vía principal en tricimoto y de allí en camioneta! a la Bahía”, me dice.
Dicho y hecho. En el trayecto, con una voz ronca y fuerte exclama: “¡Chivéate!, ¡chivéate!... tómate un vasito y protege tus pulmones”. Escucho: “Chivero, deme un vasito para el niño que está que tose demasiado. No sé qué le pasa. Ya le llevé al médico y no se le cura. Me han recomendado que le dé leche de chiva”.
La señora, de unos 30 años, le afirma a Víctor quien me pide que ordeñe a “Lupita” pues es la que está más cargada en ese momento. Con la inexperiencia propia de un novato, exprimo la ubre, la mitad de la leche cae en el vaso, la otra mitad en el suelo. Además, la chiva me lanza una mirada de advertencia. La maltraté ‘sin querer queriendo’.
Según la creencia popular, las propiedades curativas de la leche de cabra son de tener en cuenta. Se ha corrido la voz de que es una leche ‘casi milagrosa’ que cura desde el asma, los males reumáticos, las gripes, saca la flema de los pulmones y aumenta las defensas, entre otras tantas cosas.
¿Cuento? ¿Realidad? No sé, lo que si sé es que esto ha permitido que Don Víctor sobreviva por años y años. No es culpa de él, ni lo he inventado yo. Está en la mente del pueblo.
Así llegamos a nuestro primer transbordo: una tricimoto en la cual subimos a las chivas. “Mi pana: 30 centavos vale el pasaje”, dice el conductor de la quien nos aclara que las cabras pagan el doble. Trato hecho.
Ya en la calle principal tomamos una camioneta, “Amigo, está prohibido llevar animales en el balde. Si nos para algún vigilante, usted se baja y se las arregla, si es así lo llevo o si no búsquese no más a otro”.
Amarramos bien a las chivas en la parte trasera de la furgoneta y nos trasladamos al centro de la ciudad. “Don Delgado, si los metropolitanos intentan quitarnos las chivas se tiene que quitar ese disfraz y me apoya”, dice.
Y narra: “La última vez me las tuvieron en cana siete días y me tocó pagar 50 dólares de multa. Empeñé esta vida y la otra para sacarlas”, enfatizó. Así llegamos a Colón y Chimborazo Una señora mayor, de unos 65 años, le pregunta “si la leche es buena para el reuma”.
Así entra en un escenario, el centro de Guayaquil, donde no solo tiene que estar atento a los autoridades locales, sino también a responder muchas preguntas e incluso soportar gente que le grita de todo por molestarlo.
Un hombre desde la ventana de un bus le dice: “Habla marido de las chivas”. Admite que aunque está acostumbrado a este tipo de bromas, no le gustan. Las ventas no son las que esperaba. Es allí donde el ingenio aflora nuevamente. Se le acerca a una joven y le dice: “Madrecita, suavice su piel con un vasito de leche de chiva, está llena de vitaminas”.
La joven, que estaba dudosa, al final le termina comprando. El desafío diario es vender lo suficiente para llegar con algo de dinero a casa. Todo empezó hace 25 años cuando el trabajo escaseó y un amigo le pidió que lo acompañara a vender leche de chiva. Allí aprendió del negocio. Y se quedó, para su buena o su mala fortuna.
Su primer compromiso sentimental surgió del amor con una clienta. Con ella procreó 4 hijos. “Todos profesionales a base de mi trabajo”, señala orgulloso. En la actualidad, dice estar “felizmente unido” a una joven que enamoró con su trabajo. “A ella también la conquisté a base de leche de chiva”, dice.
Mientras caminábamos siento un líquido caliente que se derrama sobre una de mis piernas. Es “Lupita” que está haciendo sus necesidades.
-“Lo que me faltaba”, me digo.
-“Quién me mandó a ponerme en los zapatos de un chivero”, me regaño.
A estas alturas solo me quedaba avanzar con las inquietas chivas a las que tengo que sujetar fuerte, pues se mueven de un lado al otro. Y no pueden ver yerba en una vereda porque se instalan a comer y comer sin importarles el mundo.
El paso por el Malecón 2000 es tenso, pero las ventas empiezan a “reventar”. De pronto una autoridad nos sale al paso. “Oigan ustedes dos... ¿Qué hacen? Les doy un minuto para desaparecer o si no llamo a la camioneta para que los embarquen”.
“Tranquilo ‘misub’ que ya nos retiramos”, le dice el chivero. Con voz fingida le digo: “Ya nos vamos mi llave ¿Desea tomarse un vasito de leche de chiva?”. La mirada fija y el rostro serio del uniformado me dejan clara la respuesta. El susto nos lleva a darnos formas de sortear a los carros.
“De la que nos salvamos don Delgado. Vámonos no más a la Bahía, que cualquier cosa, allí nos escondemos entre los módulos”. En casi dos horas, me siento un tanto agotado, son casi pasadas las 14:00.
-“Don Víctor, estoy un poco preocupado”, le confieso.
-“¿Por qué don Delgado?”, me pregunta.
- “Porque me daría tristeza de que se quede varado con la venta de hoy”, le respondo.
-“No hay drama, don Delgado, si no puedo vender todo, usted me paga la diferencia. Ellas y yo se lo agradeceremos, ¡no sabe cuánto!”, me dice.
Observo su mirada pícara y me sonrío.
-“Tranquilo, vendemos porque vendemos”, le digo.
Llegamos a otro sector. A un cliente se suma otro y a este otro más, empiezo a respirar tranquilo. Agarro las chivas y les levanto una pata para que las ordeñe. Nadie se daba cuenta quién era hasta ese momento, pero fue la curiosidad de un vendedor ambulante que lo llevó a no quitarme su mirada.
-“Oiga mi pana, como que lo conozco. ¿Por qué anda tan forrado en este solazo?”.
-No le respondo, me agacho y agarro a la chiva en señal de disimulo. Pero el ojo clínico de este hombre de la calle está a punto de delatarme.
“Están bonitas tus gafas”, me dice. “Oye esos chuzos que cargas, como que los he visto en otro lado” (se refiere a mis zapatos)...
“Oye no” —le dice a uno de sus amigos— “fíjate bien, es ese man que le gusta sorprender a la gente”. Me sigue mirando. “Ponte once pueblo, es ese man de Delgado. Mírenlo bien... ja, ja, ja, ja”.
A estas alturas, comerciantes y transeúntes me clavan su mirada. El equipo de producción asume que terminamos. Sabe que la aventura ha llegado a su fin porque la gente me ha identificado ya.
Los comerciantes me hablan de la sacrificada labor del chivero y destacan su constancia para salir adelante. Entre todos hay una pareja de ecuatorianos que viven en España.
“Felicitamos al EXTRA por este espacio que ha creado para ti, José Delgado, pues ahora no solo te vemos en tu programa de televisión, sino que podemos leer tus reportajes a través del periódico”, me dicen.
Con un abrazo a Víctor pongo fin al reportaje. Sé que para él y sus chivas el recorrido debe continuar. La vida es dura...