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“Ya era hora de que vuelvan”

A los clientes no les importó hacer fila y esperar por las chicas en medio de estrictas medidas de bioseguridad en los night clubs de Quito.

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El aforo es del 30 % de su capacidad por lo que no todas las sexoservidoras han podido volver a los night clubs en Quito.Ángelo Chamba

En los tres primeros días de reapertura, al menos 400 hombres han acudido a un centro de tolerancia ubicado en la zona industrial de Quito. Ellos debieron hacer una fila en el parqueadero para ingresar, mientras un guardia les solicitaba que respetaran el distanciamiento físico de dos metros.

Ellos esperaron ocho meses por volver a los cabarets, aunque ya no hay shows ni venta de licor.

Jorge (nombre protegido) esperaba pacientemente con un amigo. Él se cubrió de la lluvia en un bolardo del techo. “Ya era hora de que vuelvan. Las chicas estaban en las calles y supongo que es más peligroso”, agregó. Ellos ya han sido clientes de este sitio antes de la pandemia y decidieron ver cómo está funcionando ahora. “Tenemos las reglas claras y me parece bien que no haya venta de alcohol”, mencionó.

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Decenas de clientes hacen fila para pasar por los controles de bioseguridad.Ángelo Chamba

Natalia Valverde, representante legal de la Asociación Prodefensa de la Mujer (Asoprodemu), explicó que el plan piloto que inició el 20 de noviembre es el producto de constantes reuniones, primero con el COE Nacional y luego con el Municipio. “Les explicamos que las chicas son población vulnerable, que un día que ellas no trabajan es un día que no comen”, comentó.

Solo 28 locales cumplieron con las exigencias sanitarias como espacios amplios para evitar aglomeraciones, adecuación de lavabos, cuartos con ventilación natural.

Quienes están dentro del local deben pasar por el lavamanos, dos controles de temperatura, control de tapabocas y además la desinfección de sus llaves y teléfonos celulares en una máquina de ozono.

Junto a la tarima donde se hacían los shows, los clientes esperan de pie. No pueden deambular por el sitio, lo que sí pueden es tomar agua, malta o un energizante.

Allí, las sexoservidoras esperan en la puerta de su habitación. Tienen 20 minutos para el servicio. Luego corren envueltas en una toalla para bañarse, mientras un mozo desinfecta el cuarto y cambia las sábanas.

“No pueden quedarse más de una hora. Estamos muy estrictos porque no queremos que nos vuelvan a cerrar. Ya hemos perdido demasiado”, dice Édison Delgado, dueño del sitio. 

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