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Diario Extra Ecuador

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Los huéspedes del Machángara

Personas en situación de calle cuentan sus experiencias en esa hondonada. El vicio condujo a la mayoría a ese lugar. Allí han construido sus casitas.

Luis duerme en la cama que construyó dentro de una cueva.

Luis duerme en la cama que construyó dentro de una cueva.Gustavo Guamán / EXTRA

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Aparece discreta en una de las laderas que rodean el río Machángara. Es una cueva de paredes heladas que se abre como las fauces de un gran animal para velar los sueños de Luis.

Hace cuatro años, él llegó allí en busca de un sitio para pasar la noche y decidió conservarlo como propio por un acto de mera supervivencia.

Al principio dormía en el “piso pelado”, tiritando de frío, empapado por aquella vertiente que fluye turbia desde el corazón de la tierra.

Hoy, un improvisado camastro de tablas y esponja lo abriga en las madrugadas. En esos mismos instantes, cuando la temperatura desciende tanto que solo puede escuchar el castañeo de sus dientes, Luis arropa su cuerpo delgado bajo una manta roja. “Nadie me ha regalado nada, todo lo que tengo lo he encontrado en la calle”, cuenta él, con la voz gastada.

Luis es amable ante la visita de EXTRA, aunque no tiene la fuerza para levantarse de su lecho. No fue una buena noche y los estragos de la droga aún no desaparecen del todo.

Corrían los años noventa cuando el bazuco (base de cocaína) se apoderó de su voluntad. La complicada realidad que vivía no le permitió defenderse y quedó hundido en su espesa humareda.

“Eso es lo que me tiene aquí... Tenía esposa, pero me separé. Luego tuve otra mujer, ahora estoy solo”, precisa hundido en la abultada cobija.

No permite que otras personas en situación similar se queden mucho tiempo en su hogar. “Hago las cosas bien y no quiero que piensen que esto es una cueva de ladrones”, añade.

Cada día, apenas desaparece de su cuerpo el entumecimiento nocturno, Luchito se levanta y recorre algunos restaurantes del centro capitalino en busca de sobras de comida que entrega a una criadora de puercos a cambio de un par de dólares.

Aunque llegar a su morada es una tarea titánica, debido a la inclinación de la hondonada, cercana al sector de Cumandá, en el centro de Quito, algunas varillas ancladas a la tierra facilitan la bajada.

Él surca aquellos caminos con experiencia, y a su paso, se topa con otros inquilinos de la quebrada. Allí, la tierra ha formado pequeñas escalinatas para recibir los pasos tambaleantes de los forasteros, que cada tantos metros han levantado sus cambuches (refugios).

En dirección opuesta a la gruta en la que vive Luis existe una pequeña bóveda de cemento, construida para soporte de una vía cercana. Ahí vivía una pareja, de no menos de 60 años. Sin embargo, un día no se los volvió a ver por aquellos rumbos.

Las paredes cubiertas de hollín son evidencia de la candela con la que tantas veces han intentado desterrar a los ocupantes.

Pero siempre, alguien nuevo, logra abrirse paso entre los matorrales y se adueña de la estructura por un tiempo.

Esta vez es el turno de Galo, un joven de Babahoyo, a quien las drogas también lo enmarañaron. No quiere visitantes, detrás del delgado telón que cubre su lecho. Lleva poco tiempo en el lugar, apenas el suficiente para improvisar una puerta al final del corredor.

Dice que tiene familia por el sector de Monjas, pero el vicio lo aleja de su hogar. Sabe que su estado de salud es delicado y quiere dejar “la mala vida”.

Sin prisa sale de su madriguera, cuyas paredes llenas de arañazos le dan un ambiente de película de terror.

La inspección

Aferrados a los árboles aparecen los cambuches en el bordillo de esa pendiente. Son una especie de casitas, construidas con lonas de colores y otros elementos reciclados para cubrir a sus ocupantes de las inclemencias del tiempo.

En la malla de alambre, que rodea la hondonada, hay entradas diminutas para ellos. Algunas están marcadas por pedazos de tela, invisibles para quienes ni siquiera suponen la existencia de los inquilinos.

Paúl Túquerres, guía la campaña, conoce bien esos inhóspitos parajes y saluda a los desamparados con una jerga amistosa. Lleva 17 años trabajando con personas en situación de calle y le conmueve su estado.

El joven se abre paso por los chaquiñanes y, sin miedo, irrumpe en las improvisadas viviendas. Detrás del primer plástico duerme Orlando.

Estaba varios días con una fuerte tos y fue atendido por un equipo médico. “¿Cómo estás, ya te sientes mejor?”, cuestiona el muchacho seguro.

Un poco confundido, Orlando sale del letargo y confirma que se siente mejor. Su amigo Néstor lo acompaña en el pequeño espacio. Allí, entre una montaña de prendas y solitarios zapatos impares, ambos pasan la noche.

Alrededor de aquella covacha, de poco más de un metro cuadrado, un reguero de artículos, evidencian su estancia: ropa, cubiertos, carteras, ollas, analgésicos, latas de cemento de contacto marcan su recorrido.

Néstor acepta acompañar a Paúl y a su equipo de trabajo a la Casa de la Niñez 1, donde además de un baño con agua caliente recibirá un plato de comida.

Mientras que el muchacho se alista, el recorrido continúa y otro cambuche aparece en el camino. Adentro duermen dos jóvenes, en total estado de inconsciencia. “De seguro han consumido toda la noche. No puedo decirles que vayan, deben estar limpios”, argumenta el encargado con resignación.

Uno lleva la mano vendada. Tiene un corte profundo, aunque de seguro no recuerda dónde ni cómo se lo hizo.

En el trayecto hay dos inquilinos más, cada uno en su respectiva cueva. “Es importante hablar con ellos. La cosa más dura de enfrentar es la muerte. He tenido algunos casos”, lamenta Paúl.

Dos chicas también forman parte del proyecto y, aunque fue difícil acostumbrarse a la realidad del Machángara, atraviesan esos caminos con experiencia.

El regreso

Al finalizar la jornada, tres aceptan la ayuda y se montan en una camioneta rumbo al centro de acogida. Ya en el sitio, está Marco, quien conoce bien la vida en las calles. “Hace una semana que no me bañaba, es algo muy lindo”, dice con los ojos inundados.

En el día cuida carros en la calle Roca, norte de Quito, pero en la noche un puente de La Marín se ha convertido en su morada.

“Lo más duro es el frío y el hambre, pero extrañar a la familia también pesa”, describe el hombre, cuyo hijo vive en Santo Domingo.

Mientras cuenta su historia llegan a las duchas Galo, Alfredo y Néstor. En la pequeña bodega del lugar una de chicas elige ropa para ellos y luego la entrega a los visitantes junto a una toalla limpia.

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