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Mis Historias Urbanas: Adiós, Lita

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Mis Historias UrbanasPor Blanca Moncada.

Lita solía decirme que si me daba la gana podía hacer y deshacer de mi vida, que nada es más rico que ser libre, independiente y dueña de una. La primera vez que la vi fue al llamar a la puerta de su casa, luego de leer el letrero de ‘Se alquila’, casi escondido entre las rejas negras.

"Pero es en el tercer piso", dijo sin saludar. "No importa, quiero verlo", respondí. Estaba decidida a dejar atrás una relación estéril, cadenas familiares innecesarias y la falta de infraestructura urbana de Durán. 
"Si es para usted sola, es perfecto", abrió la puerta. Casi me enredo con su bata de colores. Uno. Dos pasos. Las ventanas enormes, que dejaban como cuadro paisajístico el cerro Paraíso de Guayaquil, me terminaron de convencer. "Me quedo". 
Laurita sonrió. "Bueno. La transacción más seria que hace uno es con su boca. No tiene que firmar contrato. Bienvenida". 
Corría el primer trimestre del 2016. La casera más seria que conocí, pero también la más abnegada, me quiso como a una hija. Me calificaba a los novios, me controlaba la bulla, me agarraba de las orejas cuando veía que por alguna razón perdía el norte. 
Aceptó a regañadientes a Luna, mi perrita, y me advirtió sobre la muerte de una gata que adopté y que era vaga (murió atropellada). Una leucemia se llevó a Lita antes de que la COVID-19 asome a nuestras vidas. 
Me dejó instalada en esa casa que construyó a punta de trabajo. "La casa más resistente a los sismos en la que alguien pueda tener la dicha de vivir", solía decir, alardeando de las bases hechas para sostener un edificio de cinco pisos, del que apenas hay tres a la fecha. 
Casi cinco años después de nuestro primer encuentro, Lita asoma al recuerdo en días en que dejo esas ventanas enormes que permiten ver el cerro Paraíso. Me tengo que ir de ahí, pero no de ella. Ella siempre estará en mí, para recordarme que nada es más rico que ser libre, independiente y dueña de una. 
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