Mis Historias Urbanas: Sé tu dueña

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Mis Historias Urbanas: Sé tu dueña

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Él no estaba solo y ella tampoco. Desde que empezaron a conversar supieron que cada uno vivía, a cinco mil kilómetros de distancia, su propia versión del averno. La conexión que los enchufó desde el primer mensaje se intensificó las primeras tres semanas.

Hubo nudes, videollamadas y te amos. Ella planeó dejar su país. Él, dejar a su mujer. Después de todo, se justificaba, la cosa ya andaba mal. La agenda de posibilidades para concretar su encuentro era infinita: viajo yo, viajas tú, luego vivimos juntos... será bueno. 

La desesperación por no poderla poseer, sin embargo, lo llevó a dejar a la luz, indiscriminadamente, una tendencia a la obsesión que ella, oh por dios, y qué pena, ya había sufrido en otras ocasiones. 

Empezó a reclamarle estar en línea y no escribirle y continuó con una absurda escena de celos por una foto tipo selfie que ella subió a la web. Se asustó. Recordó al idiota que casi se mata cuando ella lo terminó, al imbécil que le gritó por no haber visto una llamada, al tonto que esperaba que pase de novia a sirvienta abnegada... 

Una de las más sabias decisiones que tomó hacia años, recordó, tres días después de celebrar el Día de la Mujer, es ser su dueña, tomar las riendas de su vida y no permitir, bajo ninguna excusa, algún tipo de comportamiento posesivo en su contra. 

Entendió que el que alguien se sienta tu dueño no es un buen síntoma, que el amor es libertad, es estar juntos, pero no atados. Hoy sonríe. ¿Lo haces tú?