Mis Historias Urbanas: Luto felino

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Mis Historias Urbanas: Luto felino

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¿Dónde está?, gritó uno de los salvajes de la funeraria. Entraron a la casa como ladrones, rompiendo de un golpe perturbador el silencio del luto. Llevaban como arma el ataúd. La familia recibió el gesto como una afrenta. Falta de tino, de respeto, desalmados.

Cuando trabajas con la muerte, tiendes a volverte insensible. La hija del difunto respondió: "allá", con la mirada. Ellos no terminaban de entender que la falta de empatía por el momento había quebrado aún más los corazones de los deudos. 

Abrieron la puerta de la habitación y se detuvieron a raya. Ya no había prisas, ni movimientos robóticos provocados por la inercia de ser un obrero de la muerte. Todos se callaron, atónitos. 

La gata no se movía, los miraba con reproche, como si de verdad los escuchó cuando entraron, como percibiendo su frialdad, como preguntándoles: ¿buscaban a alguien? Era enorme, ocupaba todo el torso de su dueño. 

Uno de ellos tragó saliva y soltó: "Perdónanos, pero tenemos que llevarnos a tu amo". Otra mirada inquisidora salió de la felina. Segundos después, se paró, indiferente, y caminó hacia un lado de la cama, dando paso al retiro del cadáver. 

No hubo ruido esta vez. Los de la funeraria respetaron la solemnidad del momento en cada nuevo paso. Desde ese día, Isadora no volvió a ser la misma. Nadie en casa podía despertar sin tenerla sobre el rostro. "Estoy viva, carajo, solía decirle mamá".