Mis Historias Urbanas: La pata

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Mis Historias Urbanas: La pata

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Vamos tarde ya. La clase debe empezar a las siete y son las seis y media. Camino rápido. Daniela está a mi lado. Es mi mejor amiga. Durmió en mi departamento por el trabajo que debemos presentar.

La metrovía llega como siempre: repleta. Veo un chance en la puerta. Daniela duda. "Esperemos otra", me ruega. "Sí entramos", le neceo. Subo primero. Pasé a un par de gordos, a dos señoras y quedé a la altura de un ñengoso. Tres pasos desde la puerta. Nada difícil. 

Daniela está fuera de mi vista. La oigo gritar. Volteo. Es un grito desgarrador, con saña, con dolor. Tobilllo atrapado. Llora. Daniela entró, su pie no alcanzó. La puerta se ha cerrado comprimiendo su hueso hasta fracturarlo. Hay pánico. 

Susto. Gente apretada, ruegos al conductor. "¡Abra!, ¡abra!", suplica el populacho. Estoy en shock. La puerta cede. Pie liberado. Daniela cojea tres pasos. Alguien le da un asiento. A lado de ella, el ñengoso. Luego yo, su mejor amiga. 

Puedo leer su pensamiento. "Te dije que esperemos otra, cdv", me grita con una mirada inquisidora, sin abrir la boca. Rompo el silencio incómodo con un gesto de preocupación genuina, sigo en shock: "¿Te dolió?". 

El ñengoso voltea exorcizado, como quien no cree la estupidez que acaba de oír. Daniela baja la mirada, siente vergüenza ajena. "¡No le va a doler! ¡Pregunta hue...!", suelta el ñengoso. Mirada abajo. Susurros alrededor. Daniela sigue siendo mi mejor amiga, a su pesar.