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Buena Vida

Mis Historias Urbanas: Remordimiento

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La sangre oprime el pecho cuando el dolor es fuerte. Perder a su padre esa tarde fue, quizás, la experiencia más horrenda que pueda recordar. Era mayor ya, lo reconoce, pero fue la mejor guía que la vida le dio.

El cuerpo frío esperaba la ropa del velatorio en la habitación donde pasó los últimos días. John estaba sentado a un costado de la cama, en shock aún. Pidió que los dejen solos. Se volteó a verlo una vez más. Llanto. Sollozos. Se acercó, levantó el torso, lo abrazó fuerte. 

Cuando lo llevó a su lugar inicial, notó que, a través de la boca entreabierta de su padre, brillaban todavía los tres dientes de oro que se puso cuando joven. Estaban intactos, como si no percibieran la muerte de su dueño. 

John se secó las lágrimas. Buscó la caja de herramientas debajo de la cama, tanteó entre llaves y destornilladores y ahí estaba. Un playo. Abrió la boca de su viejo. No podía creer lo que estaba haciendo, pero tampoco podía parar. Uno a uno los sacó y se los metió al bolsillo. 

Luego del sepelio, el ratón Pérez, ese que deja dinero a cambio de dientes, vería de lejos cómo John recibió, en billetes de 20, 500 dólares por las tres piezas. No fue fácil lidiar con ello. 

Abrumado por la culpa, narró esta historia a un amigo cercano, quien le recomendó limpiarse con obra. Con parte del dinero compró una lápida de lujo y pintó y arregló la casa donde quedó su mamá. 

Años después, su confidente lo traicionaría, entre risas, para que una columna de anécdotas inmortalice su hazaña. "Este perro se le llevó los dientes al viejo. ¿Puede creerlo?", develó.