Mis Historias Urbanas: Los repartidores

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Mis Historias Urbanas: Los repartidores

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Caminaban a lo largo de la peatonal, por el lado exterior del cementerio, paso obligado para ir a tomar el bus a casa después del almuerzo que coordinaron por los viejos tiempos. Eran amigos desde el colegio, de eso ha pasado medio siglo.

Hablaban, entre carcajadas, de cómo habían aguantado tantos años casados. "El matrimonio es cosa seria, loco", opinó el pana. Él le hizo la señal de silencio e inclinó el oído hacia la pared del camposanto. "Uno para ti, uno para mí. Uno para ti, uno para mí", escucharon de una voz varonil. "No, no, a mí me das el más grande", refutó otro. 

Por esa época se hablaba en los noticiarios de gente que robaba cadáveres para venderlos a estudiantes de medicina, una oscura práctica comercial que perdió fama cuando aparecieron los aparatos de hule que ahora llegaron a las facultades. 

Abrieron los ojos como lechuzas. "Uno para ti... uno para mí", continuaba dentro la repartición. "Pueden ser dedos, brazos... cuerpos enteros, ¡qué horror...!", susurraba consternado el amigo. "Y cómo afuera hay dos más", continuaban adentro, "a esos también los compartimos". Corrieron una cuadra, huyendo. "Espera, espera...", frenó a raya el amigo, jadeante. Vamos a ver. 

Entraron al cementerio por la siguiente puerta y caminaron hasta la altura de donde escucharon la voz. Allí estaban, eran dos, de unos 25 años. Con sendas fundas de mango en las manos. "Uno para ti, uno para mí", continuaban el reparto.