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Diario Extra Ecuador

Procesiones en Esmeraldas y Quinindé claman diálogo binacional frente a la crisis fronteriza

Fieles de Esmeraldas y Quinindé pidieron diálogo binacional en procesiones de Semana Santa, clamando paz y justicia en la frontera norte.

Fieles de Quinindé se arrodillan y cargan sus cruces durante el Vía Crucis, en un acto de oración y penitencia comunitaria.

Fieles de Quinindé se arrodillan y cargan sus cruces durante el Vía Crucis, en un acto de oración y penitencia comunitaria.Luis Cheme

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Las celebraciones de Semana Santa se vivieron con intensidad tanto en Esmeraldas como en Quinindé. En ambas ciudades, las procesiones recorrieron las principales calles con un pedido común: que los gobiernos de Ecuador y Colombia mantengan un diálogo urgente para atender la crisis en la frontera norte. La iglesia católica, a través de sus Arquidiócesis en Nariño, Putumayo, Esmeraldas, Carchi, Imbabura y Sucumbíos, insistieron en la necesidad de frenar la violencia de grupos armados, el contrabando y el reclutamiento de jóvenes.

El obispo Antonio Crameri recordó que los aranceles elevados generan contrabando por pasos irregulares, mientras que el ex obispo Augenio Arellano advirtió sobre el impacto de estas medidas en la vida cotidiana de las comunidades. En las estaciones del Vía Crucis, se predicó también contra la violencia intrafamiliar, la inseguridad, la minería ilegal y el éxodo de venezolanos.

Las procesiones fueron encabezadas por el Cristo Crucificado sobre un camión plataforma, acompañado por sacerdotes de doce parroquias, scouts y misioneros que formaron un cordón de seguridad. Bajo un sol intenso, familias enteras caminaron con imágenes religiosas, entonando cánticos y rezos, mientras policías, militares, bomberos y la Cruz Roja garantizaban la seguridad. El ambiente fue solemne, marcado por la unión comunitaria y la reafirmación de la fe.

En Esmeraldas, además de la procesión matutina, se organizó otra en la tarde, organizada por cuatro parroquias y que culminaría en la iglesia María Auxiliadora. En Quinindé, la participación de niños, jóvenes y adultos evidenció el arraigo de estas tradiciones, que se transmiten de generación en generación, consolidando la identidad religiosa y cultural de la provincia.

Un devoto en silla de ruedas besa la imagen de Cristo durante la Adoración de la Cruz en Esmeraldas, en un acto de fe y gratitud.

Un devoto en silla de ruedas besa la imagen de Cristo durante la Adoración de la Cruz en Esmeraldas, en un acto de fe y gratitud.Luis Cheme

Historias de fe y milagros

Entre los fieles que acudieron a la Adoración de la Cruz y al Vía Crucis, destacó Manuel Mera, un hombre en silla de ruedas. Él asistió para agradecer un milagro: sobrevivió a un accidente de tránsito que lo dejó con movilidad reducida, pero con vida. Su presencia fue un testimonio de gratitud y esperanza, pues confesó que cada estación recorrida era una manera de agradecer por la oportunidad de seguir junto a su familia.

Rosa Morales, por su parte, cargó una cruz de madera como penitencia. Ella contó que hace años superó una enfermedad grave y prometió que, si lograba sanar, participaría en la procesión llevando su propia cruz. Cumplió su promesa con pasos firmes y mirada serena, convirtiendo su recorrido en un acto de fe y resiliencia. Su gesto fue interpretado como símbolo de fortaleza frente a las pruebas de la vida.

Fieles de Quinindé cargan grandes cruces en el Vía Crucis, recorriendo las calles como acto de penitencia y devoción comunitaria.

Fieles de Quinindé cargan grandes cruces en el Vía Crucis, recorriendo las calles como acto de penitencia y devoción comunitaria.Luis Cheme

José Molina, un joven de la comunidad, también llevó una cruz sobre sus hombros. Su motivo fue distinto: buscaba expiar culpas y pedir perdón por haber estado cerca de caer en las redes de grupos de delincuencia organizada. Al cargar la cruz, recordó a su hermano, asesinado en circunstancias violentas, y convirtió su participación en un acto de memoria y resistencia. Cada paso fue acompañado de lágrimas y oraciones, como un homenaje a quienes han sufrido la violencia.

Más allá de la tradición, las procesiones se convirtieron en un espacio para agradecer milagros, cumplir promesas y sanar heridas. La fe, expresada en gestos sencillos pero profundos, dio sentido a una jornada que unió a la comunidad en torno a la esperanza y la devoción.

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