Victoria Salcedo, Jandino y Paco el Morlaco: El dolor que los marcó y hoy los conecta
Tres ecuatorianos con historias de pérdida y discapacidad se unen en un proyecto solidario que transforma el dolor y la resiliencia en ayuda real

Paco el Morlaco (i), Jandino (c) y Victoria Salcedo (d) esperan dar más autonomía a los beneficiarios del proyecto.
No se parecen entre sí, pero coinciden en algo esencial: aprendieron pronto que la vida cambia de golpe. La pérdida, el cuerpo herido o la ausencia dejaron huellas distintas, pero también la misma decisión: seguir adelante. Desde lugares diferentes, Victoria Salcedo, Jandino y Paco el Morlaco transformaron su dolor en resistencia y un proyecto que los unió.
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Victoria -Vicco, como la llaman con cariño- tenía apenas cinco años cuando una descarga eléctrica le arrebató ambos brazos y la pierna izquierda. “Estaba jugando con amigas”, recuerda.
Patinaba como cualquier niña cuando, por accidente, hizo contacto con un cable de alta tensión. Lo que vino después fue una carrera contra la muerte y una serie de amputaciones necesarias para salvarle la vida.
Con el tiempo, el dolor no fue solo la ausencia de extremidades, sino las miradas ajenas y el constante subestimar, la idea de que otros marcaran sus límites. “A veces la gente cree que no puedes, que no deberías involucrarte”, cuenta.
Vicco nunca esperó que alguien la incluyera. Se incluyó sola. Quiso jugar, aprender, participar, incomodar si era necesario. Esa actitud la acompañó siempre y la llevó, años después, a convertirse en la primera aspirante con discapacidad física en participar en Miss Ecuador, en 2021.

Paco el Morlaco crea prótesis y las dona a quienes enfrentan mayores dificultades.
Actualmente una prótesis en su pierna le da independencia. Camina sola, trabaja, decide. “Una prótesis no es solo movilidad -dice- es autonomía, es poder hacer tu vida”.
Es así que, en conjunto con los otros dos creadores de contenido, Vicco decidió sumarse a una iniciativa solidaria que busca donar prótesis a personas que han perdido alguna extremidad y no cuentan con los recursos para acceder a ellas.
Jandino, El tierno ‘llavero’
En Jandino, la herida no es visible. Tenía diez años cuando perdió a su madre, Ana, a causa de un cáncer cerebral. Era muy cercano a ella; describe con cariño que él era como su “llavero”, siempre juntos.
Con los años aprendió a convivir con esa falta y a aceptar que el dolor no desaparece, pero se transforma. De ella heredó una frase que marcó su forma de ver la vida: “¿Pa’ qué llorar, si mejor es reír?”. “Ella celebró la vida en vida. Tenía una alegría que no he vuelto a ver en nadie”, recuerda.
Aquella enseñanza se convirtió en el corazón de su reciente canción que ahora sirvió como punto de encuentro para otras historias que también aprendieron a resignificar la pérdida.
Para Jandino, conocer a Vicco y a Paco fue descubrir personas que, desde realidades distintas, decidieron seguir adelante sin esconder sus heridas. “Ellos me han enseñado mucho de cómo ver la vida desde otra perspectiva”, expresa.
Paco el Morlaco, 'fabricante' de dignidad
Pedro Brito es el nombre de pila de Paco el Morlaco. Perdió una mano a los 13 años por un accidente con pirotecnia. El miedo y la vergüenza llegaron primero. También las limitaciones económicas, pues para él, una prótesis era inalcanzable. Así que hizo algo distinto: aprendió a fabricar las suyas. Primero para él, luego para otros.
Un día, la llamada de un niño que quería aprender a hacerse su propia prótesis le cambió la perspectiva. “Ahí entendí que ya no era solo yo”, recuerda. “Había muchas personas que necesitaban ayuda y no se atrevían a pedirla”. Desde entonces, construye prótesis de manera artesanal y las dona a personas que no pueden costearlas.
Conoce de cerca la impotencia, la espera, la dependencia. Y también el impacto que tiene devolver una función básica. “No es solo una prótesis, es devolver la posibilidad de trabajar, de comer solo, de recuperar dignidad”, afirma.
Para Paco, la discapacidad dejó de ser algo que esconder. Salió a la calle, siguió con su vida, y descubrió que muchas veces el mayor límite está en el miedo propio, no en el cuerpo.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), a nivel mundial solo una de cada diez personas que necesita una prótesis u otra ayuda técnica logra acceder a ella, principalmente por su alto costo, la falta de servicios especializados y la escasa cobertura pública.
En países de ingresos medios y bajos, como Ecuador, el acceso es aún más limitado. Colectivos y organizaciones que trabajan con personas amputadas advierten que una prótesis puede costar entre 5.000 y 8.000 dólares, un valor inalcanzable para la mayoría.
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Diego Alfonso Alvarado Franco