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Diario Extra Ecuador

Crónica: Así es entrar por primera vez al famoso barrio de tolerancia 'la 18' de Guayaquil

El ‘primerizo’ describe el momento en que una ‘cariñosa’ lo elige entre la multitud y le propone cruzar una puerta que nunca antes había considerado

Entre música fuerte y cerveza, un visitante novato conversa con una sexoservidora en uno de los bares de la 18.
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6-3-2026

Entre música fuerte y cerveza, un visitante novato conversa con una sexoservidora en uno de los bares de la 18. ag-periodista ag-granasa 6-3-2026Extra

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Un joven de 25 años relata su primera visita al barrio de tolerancia conocido como la 18, uno de los sectores más populares de la vida nocturna en Guayaquil. Entre luces rojas, música a todo volumen y la presencia constante de sexoservidoras que buscan clientes, el cronista describe la mezcla de curiosidad, nervios y expectativa que marca su debut.

(Lea también: Conmovedora historia en La 18: sexoservidora habla con su madre fallecida gracias a la IA)

Nunca antes había sentido la necesidad de conocer por dentro el barrio de tolerancia más popular de Guayaquil. No porque las mujeres no despierten interés o placer en mí, sino porque hacer un ‘tour’ para excitar mis ojos nunca estuvo entre mis prioridades. Algo que, según entiendo, siempre ha sido casi una rutina para hombres mayores que yo. Igual terminé aceptando la invitación de dos compañeros del trabajo.

Al entrar, el oído no descansa. Hay una guerra de sonidos. Cada local parece competir por imponer su música al resto: parlantes al límite y voces distorsionadas. No se distingue si suena salsa, reguetón, cumbia o una balada antigua.

Camino tenso, atento, como si cada paso fuera entrar en territorio ajeno. Desde que bajé del carro, mi corazón empezó a palpitar más fuerte. No es miedo exactamente. Es otra cosa. Una mezcla de curiosidad, expectativa y algo de vergüenza que no sé explicar.

Había escuchado a muchos ‘veteranos’ hablar de su primera vez en la 18. Lo contaban con emoción, casi con orgullo. Se reían al recordarlo, como si evocaran una hazaña juvenil, un rito que marcaba un antes y un después. Decían que esa primera vez no se olvida. Que es historia. Que es experiencia. Yo, en cambio, me preguntaba si estaba listo para entender de qué hablaban.

Así luce la 18 en uno de los bares dentro del barrio.

Así luce la 18 en uno de los bares dentro del barrio.Extra

Las sexoservidoras exhiben desinhibidas sus cuerpos (delgados, ‘tucos’ y uno que otro bien ‘pechugón’) para enganchar clientes. Senos descubiertos, calzones diminutos, piel expuesta bajo luces que no perdonan nada. Caminan tranquilas, se detienen, se apoyan en los marcos de las puertas como si tener decenas de hombres mirándolas fijamente fuera parte del paisaje. Sé que ahí lo es. Que en ese espacio esa es la regla. Pero igual se me hace raro. Me desconcierta la naturalidad con la que cruzan la calle, con la que se acomodan el cabello, con la que sostienen la mirada sin bajar los ojos.

Aunque es un día flojo (ocurrió en febrero), las cervezas van y vienen. Amigos ríen, beben, hablan a gritos y pasan de ‘Miranda’, sin consumir. Intento observar con normalidad, pero mi mirada no sabe dónde quedarse.

Me siento con mis compañeros en un local. Piden una ‘biela’ y unos hidratantes. Yo hago un ‘paneo’ del lugar, como tratando de ubicarme dentro de todo ese ruido. Dejo que los minutos pasen. Me estiro en la silla y entonces noto una mirada fija: una joven de cabello castaño, curvilínea, senos descubiertos y extensiones que le caen sobre la espalda, me observa con insistencia. Sostiene la mirada como si ya me hubiera elegido como su ‘presa’.

Intento seguir la conversación con mis compañeros, haciendo esfuerzos por hablar y entender en medio del ruido, cuando de pronto siento el calor de alguien detrás de mí. Es ella. El perfume me llega primero: dulce, pesado. No le presto atención directa, aunque sé perfectamente para qué se ha acercado. Me quedo ‘frío’. No sé cómo reaccionar. No hago nada. Ella entiende el gesto y se va unos pasos más allá, como si nada.

El servicio efímero en el barrio de tolerancia

Al rato llega un cliente ya mayor. Camisa beige, pantalón café, correa bien ajustada. Pulcro. Se acerca y saluda con un beso en la mejilla a la castaña como si la conociera de toda la vida. Sonríe.

“Estás guapa, mi amor”, la halaga. Luego le dice al oído aquello que no hace falta escuchar. Ella se ríe y le hace una breve seña para que la acompañe a la habitación. La escena se desarrolla con naturalidad, como parte del día a día.

Mientras él desaparece tras una puerta, otro cliente merodea el lugar como si estuviera a punto de hacer su gran debut en las canchas: zapatos azules, medias, camiseta y pantaloneta de Emelec, y un tatuaje de su equipo en la pantorrilla derecha. Camina nervioso, mira alrededor, espera su turno sin admitirlo.

Voy al baño. Camino hacia el fondo. El aire cambia: una mezcla densa de tabaco, incienso y perfume dulzón que se pega en la garganta. A medio trayecto veo a otra ‘cariñosa’ besándose con un cliente bajo una luz roja tenue. Los cuartos están todos cerrados.

Regreso a mi asiento. Han pasado unos veinte minutos y el primer cliente, el tipo pulcro, sale del local satisfecho, con una sonrisa casi orgullosa.

Puerta de ingreso en la 18 de Guayaquil.

Puerta de ingreso en la 18 de Guayaquil.Archivo

La castaña vuelve a salir y se coloca detrás de mí. Muevo los brazos, me estiro, me rasco la nariz. Mi incomodidad es evidente. Siento su presencia sin mirarla. Sigilosa, aprovecha que estoy desprevenido y aterriza suavemente sus uñas largas sobre mi hombro. Sonríe.

“Vamos, anímese”, me incita. Me paralizo. No sé cómo responderle. Es la primera vez que alguien me ofrece sexo por dinero. Y aunque lo había escuchado en historias ajenas, ahora la escena no es un relato: es mi turno de decidir si cruzo o no esa puerta.

No le digo que sí. Tampoco me levanto de inmediato. Le ofrezco una cerveza. Es una manera de alargar el momento, de disfrazar la decisión con algo más simple. Ella acepta sin dudar, como si supiera que a veces todo empieza con un vaso en la mano y una conversación breve.

Entro al local con ella y me siento a su lado. Me cuenta de su vida. Dice que es su primer día allí (así como yo) y que la jornada está buena. Sonríe cuando le digo que también es mi primera vez en la 18. Dos estrenos distintos en el mismo lugar.

Me acaricia el pecho. Mi corazón palpita más rápido. Se acerca más. Me susurra al oído para convencerme de entrar. Trato de sostener una resistencia que no sé si es convicción o nervios.

No sé si lo que viví fue una hazaña, como dicen los mayores. No hubo épica. Hubo nervios, preguntas y una ‘biela’ que sirvió de excusa para cruzar un límite que siempre creí lejano. (LJE)

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