El Maestro Roshi de Guayaquil: La historia del hombre que sorprende en la 9 de Octubre
Luis Rivas, de 72 años, pasó de tenerlo todo en la ‘Yoni’ a ser un ícono viral en Guayaquil. Entre fotos y risas, oculta una dura batalla de salud

Él admite que le duele caminar, pues sufre problemas óseos.
No es un cosplayer ni una alucinación colectiva: el 'Maestro Roshi' de la 9 de Octubre es real y se pasea por el centro de Guayaquil bajo el sol inclemente. Tras la barba y las gafas de este ícono viral no hay un set de grabación, sino Luis Alberto Rivas, un hombre de 72 años que cambió su vida como empresario en Estados Unidos por la venta ambulante, enfrentando hoy su batalla más difícil contra la enfermedad y el olvido.
Un personaje de Dragon Ball en el centro de Guayaquil
Se hizo famoso y todos lo reconocen en la calle. Se pasea con una vara de madera, un “carapacho” (como él lo llama) y unas gafas oscuras, sin que la gente lo vea como un bicho raro. De hecho, se le acercan incluso a pedirle fotos y saludos por su popularidad.
Luis Alberto Rivas Camadel, de 72 años, camina como un ‘bacán’ bajo la mirada de todos en el centro de Guayaquil, luego de que en redes sociales se difundió un video de él interpretando al Maestro Roshi, el personaje del manga ‘Dragon Ball’.
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El adulto mayor, “100 % ecuatoriano”, es quien está detrás de la barba que caracteriza al entrenador de artes marciales de la reconocida serie y que, por casualidad, interpreta todos los días en las calles 9 de Octubre, Machala y Quito, mientras vende de manera ambulante plumas y otros pequeños artículos.
El Maestro Roshi guayaquileño: ¿Quién es el hombre detrás del personaje?
Roshi fue una leyenda por varios días: los internautas reportaban haberlo visto en la intersección de Esmeraldas y 9 de Octubre. Sin embargo, pocos minutos después desaparecía sin que nadie diera alguna referencia de su camino. No faltó el comentario gracioso de peatones que sugerían que “se fue en su caparazón y se escondió para siempre” (en referencia al personaje), como si se tratara de una alucinación colectiva.
A los pocos días, EXTRA lo halló fotografiándose con la gente durante el encuentro con la plantilla del Inter Miami, al que cientos de personas asistieron con el fin de ver a Lionel Messi, estrella del equipo, en el centro de la urbe porteña.
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Roshi no soltó sus plumas de ocho colores y aprovechó para venderlas en medio del tumulto. Así como no dejó ir la oportunidad de ganarse un dolarito más, también le contó toda su historia a EXTRA.
Luis Alberto, en un tono más relajado, le narra a este Diario que su travesía como el personaje de ficción comenzó hace un año y ocho meses, luego de que sus “amigos”, los colaboradores del restaurante Sazón Estética, en 9 de Octubre entre García Moreno y avenida del Ejército, le dijeron que se parecía a Roshi.
“Yo tenía varios meses frecuentando el restaurante, me cogieron cariño y me dijeron que si no me había dado cuenta del parecido con este personaje. Yo, la verdad, no lo conocía, no sabía de qué me hablaban (risas), pero lo busqué en internet y, efectivamente, podía sacarle la ‘pinta’. Así fue como terminé de Maestro Roshi, pero eso sí, las plumitas (a la venta) llegaron primero”, relata.
De la 'Yoni' al comercio informal: El pasado de Luis Alberto Rivas
Aunque algunos se sorprenden al escuchar que aún a sus 72 años trabaja recorriendo la ciudad con mercadería en mano, él asegura que no es por elección, sino que fue su salida tras ser deportado de Estados Unidos, “de la misma manera en la que reportan en los medios de comunicación”.
Rivas, quien asegura que su barba larga lo ha acompañado siempre, cuenta que por un problema, que prefiere no detallar, fue expulsado de la ‘Yoni’, pero que en el país norteamericano tenía una empresa de televisión satelital. “Me fui a los 22 años de manera legal y empecé a trabajar cortando hierba.
El sueño americano que terminó en deportación
Establecí mi vida y luego fui ayudante en la instalación de TV por cable, para después poner una pequeña compañía; fui subcontratista. Era residente legal, pero nunca apliqué a la ciudadanía estadounidense y luego tuve un inconveniente por el que me dieron a escoger 10 años de cárcel o 10 años fuera de Estados Unidos. Claramente, escogí la libertad”, menciona entristecido.
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Su regreso al Ecuador fue duro, pues dice que no tiene familiares que lo acogieran en su hogar mientras resolvía su situación. “Llegué ‘pelado’ (desfinanciado) y tenía que trabajar de algo. Toda mi familia está en Estados Unidos, incluyendo a mi hija y, por el momento, no tengo comunicación con ellos (...) pero aquí sigo con la bendición de mi Dios”, manifiesta con la voz sentimental el anciano.
La lucha del 'Roshi' contra la epilepsia y los achaques de la edad
Él padece de dolores articulares en sus dos extremidades inferiores a causa del arqueamiento de sus piernas. No obstante, no pierde la alegría y bromea todo el tiempo.

Luis Alberto ofrece plumas de colores en todo el centro.
Luis Alberto intuye que las largas caminatas lo han “achacado” en el año y ocho meses que ha debido dedicarse al comercio informal, pues antes de esas largas caminatas no sufría de hincones intensos en sus rodillas.El dolor óseo no es el único tema que le preocupa, pues desde sus 20 años fue diagnosticado con epilepsia, para la que toma medicina a diario.
“No siempre me alcanza para comprar las pastillas. Hay días buenos y malos, y yo debo pensar primero en pagar la renta de un cuartito en el que vivo, en pagar servicios básicos y luego, con lo que me sobra, en las pastillas para mis ataques epilépticos”, admite con pena.
Luis Rivas ha buscado atención médica en el Hospital Abel Gilbert Pontón, de Guayaquil, por dos hernias, pero asegura que lleva dos meses en lista de espera.
Los momentos de nostalgia le duran poco. Enseguida los cambia por una sonrisa y vuelve a agradecer a Dios por la vida y lo que le queda de salud. “Yo estoy seguro de que todo mejorará”, insiste.
Un "carapacho" robado y la fe de seguir adelante
Ante la popularidad, las fotos y los saludos, no reacciona mal, sino que con cariño accede a los videos grabados para terceros y a los apretones de mano. “Lo malo es que se me robaron mi ‘carapacho’. Hace una semana fui a almorzar y me saqué el caparazón, hecho de vinil y forrado con espuma, pero me levanté a seguir vendiendo y me olvidé. Cuando regresé, ya no estaba. Fue cuestión de tres minutos para que se lo llevaran”, recuerda, y agrega que piensa comprar uno real, para ver “si así me parezco más a Roshi”.
Él no deja la risa a un lado y la contagia por donde camina, aunque los días sean pesados.