Opinión
Desde la redacción: ¡Pilas, que la chirez es de todos!
En los diecisiete años que vivo en Guayaquil, siempre me he preguntado por qué aquí no funcionan los taxímetros.
En los diecisiete años que vivo en Guayaquil, siempre me he preguntado por qué aquí no funcionan los taxímetros. La gente se ha acostumbrado a pactar las carreras con el cuento de que, con este sistema, la tarifa será mayor, ya sea por la distancia, el tráfico o cualquier otro pretexto. Algunos han llegado al punto de manipular los aparatos para que la tarifa corra más rápido con el único fin de abusar del usuario. Esto se llama estafa, desde cualquier punto de vista; pero, como los controles no son permanentes, entonces reina la impunidad. Es inaudito que muchos conductores se nieguen a usar un mecanismo lícito, como se lo hace en Quito, en Cuenca y en otras ciudades del país donde se puede pagar por un desplazamiento hasta dos dólares sin chistar. Por eso suena a una broma de mal gusto el que ahora los gremios de transportistas aleguen desigualdad de condiciones para competir con empresas que han llegado al país con una tecnología eficaz, que soluciona los problemas del usuario, como aplicaciones móviles para registrar la ubicación e identidad del chofer de la unidad con precios justos. El cliente ya no tiene que salir a la calle, arriesgando su seguridad, para buscar un taxi, porque sencillamente este llega a él en minutos. ¿Por qué, en lugar de quejarse, las cooperativas no renuevan sus estrategias? Y así quieren subir las tarifas. Lo peor es que se escudan en normas caducas para que prevalezca el subdesarrollo, con la venia de los de siempre. Ojalá pensaran más en la comunidad y no en sus propios bolsillos, porque la chirez es de todos y la coyuntura demanda lo bueno, bonito y barato.