Editorial: Recreación bajo riesgo
La seguridad no empieza ni termina en patrullas o cámaras, también se construye con parques seguros, canchas bien mantenidas
La muerte de un ciudadano tras recibir una descarga eléctrica en el parque Samanes, en Guayaquil, al tocar la malla del cerramiento de una cancha, vuelve a poner bajo la lupa el estado real de los parques, áreas recreativas y juegos infantiles de espacios públicos que son utilizados a diario por cientos de familias.
En una ciudad golpeada por la violencia y la inseguridad, donde muchos sectores han sido tomados por organizaciones criminales, estos parques se han convertido en uno de los pocos refugios seguros para la ciudadanía, especialmente los fines de semana. Allí, padres, niños y jóvenes buscan algo tan básico como compartir, distraerse y practicar deporte.
Que estos espacios no estén en condiciones adecuadas, o que por falta de mantenimiento se conviertan en trampas mortales, no solo evidencia una grave negligencia institucional, sino una desconexión peligrosa entre quienes administran lo público y la realidad de quienes lo usan. El abandono, en este caso, no se mide en bancas rotas o juegos oxidados, sino en vidas.
El Estado y los municipios no pueden seguir reaccionando solo después de la tragedia. La seguridad no empieza ni termina en patrullas o cámaras, también se construye con parques seguros, canchas bien mantenidas y áreas recreativas que no representen un riesgo.