La historia de José Sangucho, un artista indígena especializado en Italia
A los 73 años, el maestro convirtió su hogar en un museo vivo tras años de trabajo en las iglesias. Cada pieza grita historias de Quito.

Una de sus últimas obras captura el trabajo de las vendedoras ambulantes en Quito.
José Ricardo Sangucho Caiza tiene 73 años y ha trasladado hasta su hogar una especie de museo con sus obras. Por fuera, un letrero de bienvenida, entramados de madera, anuncios de los servicios que ofrece y el nombre Cantuña, como se llama su taller, reciben a los visitantes.
Cada una de sus piezas da cuenta de la cotidianidad que ha observado, tanto en el Centro Histórico (donde mantuvo su taller por años) como en los recuerdos de su infancia y momentos de su vida adulta.
Ecuador
El hombre que 'caza' joyas y dinero en Manabí usando su detector de metales
Diego Alfonso Alvarado Franco
“Tengo ahí la motera, la señora que está pidiendo caridad, el cargador, los niños betuneros, el niño que hace bailar trompo y el que infla esa pelotita”, describe.
Las creaciones que guarda y aquellas en las que aún trabaja hablan de su experiencia como carpintero, su primer oficio, y también como escultor, carrera que estudió en la Universidad Central.

En su vivienda mantiene un museo vivo con sus esculturas.
“Yo aprendí mirando en los talleres de carpintería, saqué el título por medio del SECAP y luego llegué a ser instructor ahí mismo”, menciona sobre sus inicios.
Lo que no sabía era que, para ser profesor, debía saber dibujar. Esa necesidad lo llevó a estudiar artes en la universidad.
Especializado en Italia
Su etapa como restaurador quedó marcada en las iglesias del Centro Histórico de Quito, donde construyó una trayectoria de más de 20 años.
Ecuador
El 'escultor de cuerpos' ecuatoriano que realiza extremas modificaciones corporales
Diego Alfonso Alvarado Franco
“Trabajé en San Agustín, San Francisco, Santa Catalina, El Tejar, La Merced y Santo Domingo”, enumera, y añade que lo que más reparaba eran “esculturas de madera”.
Llegar a ser jefe de restauración en estos espacios fue una meta alcanzada con esfuerzo y dedicación.
Su camino como restaurador también se lo debe a su constancia como escultor. Así obtuvo una beca de seis meses en Venecia, Italia.
Tras esa experiencia, puso en práctica lo aprendido recorriendo varias iglesias de Quito. Sin embargo, esa etapa llegó a su fin cuando el cansancio se hizo presente.
“Como todo cansa, me cansé de restaurar, porque había que estar dentro de la iglesia, sin luz solar, perdiendo la vista, haciendo una serie de cosas”, relata.
Hace ocho años puso en marcha su taller en su domicilio, ubicado en el sector de La Quintana, en el norte de Quito, en busca de mayor tranquilidad para trabajar.
Aunque confiesa que también ha sido víctima de robos, asegura que eso lo “alienta a esforzarse más”. Lo asume como una forma de no dejarse arrastrar por las malas noticias que atraviesa el país.
“Eso no es Quito y menos Ecuador”, dice. Lo que lo representa, él lo plasma en su arte.