Enigmas: Abran paso al ‘levanta muertos’
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Enigmas: Abran paso al ‘levanta muertos’

Este personaje místico recorrerá durante 9 noches varios pueblos antes del Día de los Difuntos, para despertar a las almas.

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Los animeros chimboracenses alistan sus látigos, campanas y calaverasAdrián Peñaherrera

Desde esta semana se podrá ver por las oscuras calles de varios pueblos de la provincia de Chimborazo a un peculiar personaje, encargado de acarrear las almas penitentes.

El animero, figura mística vestida de blanco, durante nueve noches previas al Día de los Difuntos realiza su recorrido portando una calavera, una campana, un látigo y un rosario. Y con su penitencia y lastimero canto, “reza una novena por las benditas almas del purgatorio”.

Esta tradición, de cientos de años, se mantiene latente en Penipe, Cubijíes, Quimiag, Punín, Bayushig, Matus y Yaruquíes, con pequeñas variaciones fruto del sincretismo entre la religión católica y las creencias de los pueblos originarios.

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Para los puruwaes, asentados en estos territorios cuando llegaron los españoles, la muerte no es el fin de la vida, sino una transición a otro espacio o tiempo, donde se viven experiencias similares a las que evidenciaron en vida. El espíritu retornaba en otra dimensión y se comunicaba a través de los sueños con sus seres queridos.

Para ser animero se requiere vocación. En algunos pueblos es una responsabilidad que pasa entre generaciones, mientras que en otros las penitencias se cumplen por una cierta cantidad de años y se traslada la posta al siguiente.

Según cuentan quienes ostentan esta denominación, se necesita valentía y fe, pues revelan que mientras oran, convocan a quienes murieron y que por cuentas pendientes no abandonan el mundo terrenal.

Amigos de las almas

De acuerdo con Ángel Ruiz, animero de Penipe, las almas, tanto las buenas como las malas, van junto a él en su recorrido. Incluso, el látigo que lleva es para protección por si un ser sobrenatural intenta robarle alguna.

En 2020 el animero oficial de Cubijíes fue Michell Lara, quien aun en medio de las precauciones por la pandemia de COVID-19 recorrió las calles de esta parroquia rural de Riobamba.

Él es uno más en la larga lista de personas que en cada una de estas comunidades chimboracenses asumen el oficio de representar a ese ser sombrío que genera respeto y temor al mismo tiempo.

La tradición manda que nadie se les acerque, y si algún devoto quiere entregar una limosna debe hacerlo por la espalda, después del repique de la campana, que realiza una vez finalizado el canto del famoso estribillo en cada esquina: “Despierten almas dormidas, de ese profundo sueño, a rezar un padrenuestro y un avemaría por las benditas almas del purgatorio, por amor de Dios”.

En la actualidad este lúgubre rito, que se encuentra dentro de la lista del patrimonio cultural inmaterial de la provincia, se ha convertido en atracción turística. Por estos días, decenas de fieles y curiosos asisten a estos pueblos para mirar de cerca su paso, y uno que otro arriesgado quiere comprobar la energía del otro mundo.

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Tras recorrer las calles del poblado, el animero, acompañado de fieles, llega hasta el cementerio y se acuesta sobre una tumba, donde repite su canto.

El ritual concluye cuando recorre las esquinas del camposanto. Esta es otra de las ceremonias que se viven en la época de difuntos en Ecuador, en una mezcla de la fe católica y cristiana con la cosmovisión indígena ancestral. (PO)