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Diario Extra Ecuador

Emelec, el hijo huérfano que dejó Neme

El Bombillo acumula errores administrativos, financieros y falta de liderazgo, que han llevado a la amenaza de pérdida de puntos y posibles remates de bienes.

Nassib Neme, expresidente que llevó al equipo a ganar campeonatos en 2013, 2014, 2015 y 2017. 

Nassib Neme, expresidente que llevó al equipo a ganar campeonatos en 2013, 2014, 2015 y 2017. Archivo

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Emelec está al borde de la intervención estatal, consecuencia exclusiva de su colapso interno. Barcelona y El Nacional ya pasaron por esa misma situación en los últimos dos años. El incumplimiento de la normativa vigente, derivado del desorden en que estas instituciones han vivido, las llevó a este trance extremo que, lejos de resolverse, solo parece agravarse con el paso del tiempo.

Tres de los cuatro clubes grandes del país están en problemas graves. El restante, Liga Deportiva Universitaria de Quito, ha logrado mantenerse a flote gracias al poder económico personal de quien actualmente dirige su rumbo. Quien se niegue a ver en esta realidad objetiva un síntoma alarmante, engaña -y se engaña- al afirmar que la tan indulgentemente llamada “industria” del fútbol ecuatoriano goza de buena salud.

Emelec actual sufre la ausencia de Nassib Neme. Resulta inevitable comparar el abismo de hoy con su eficaz gestión y el dominio que generó en el escenario local. Su estilo polémico y ganador no tuvo reemplazo real y, precisamente, el proceso de sucesión detonó la hecatombe actual.

Neme se vio obligado a permanecer un año más en funciones tras múltiples acciones de protección que impidieron realizar las elecciones en el plazo reglamentario. El deporte ecuatoriano sigue soportando a quienes abusan de la justicia y han pervertido la figura de las acciones de protección para defender intereses muy particulares. Por casualidad -o no-, lo mismo ocurrió en Barcelona y en El Nacional.

De Pileggi a Avilés: la debacle azul

César Avilés (d) fue el encargado de presidir en su momento a Emelec tras la renuncia de José Pileggi (c).

César Avilés (d) fue el encargado de presidir en su momento a Emelec tras la renuncia de José Pileggi (c).CORTESÍA

José Pileggi ganó esas elecciones. En teoría, era el sucesor designado por Neme para mantener y continuar su línea de administración. Sin embargo, casi desde el inicio se desmarcó y desvirtuó todo lo proyectado durante los once años nemecistas. Emelec no tardó en convertirse en la institución calamitosa que es hoy.

El golpe más duro ha sido el patrimonial. El club dejó de pagar al Banco del Pacífico el préstamo que financió la ampliación del estadio Capwell. Ya alejado de la dirigencia, Neme confirmó que los fondos para saldar los $ 9,8 millones restantes del préstamo original de $ 24,3 millones habían quedado disponibles. La capacidad coactiva del banco -al ser una entidad estatal- agravó la situación hasta el punto de que varios bienes del estadio salieron a remate.

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De ahí no era difícil llegar a los desencuentros económicos con futbolistas que habían pasado por el club, lo que derivó en sanciones de la FIFA. La más grave fue la prohibición de fichajes, que impidió armar un plantel competitivo hasta mediados de la temporada pasada. Para entonces, la presencia de Pileggi era insostenible y debió renunciar. El tobogán azul ya no tenía freno.

Su sucesor, César Avilés, mantuvo la línea de deterioro e, inevitablemente, también terminó yéndose. Las elecciones forzadas de febrero del año pasado catapultaron a Jorge Guzmán -exempleado del club y sin experiencia directiva- a la presidencia. En medio de vagas promesas de financiamiento externo, su gestión fue igual o peor que las anteriores. Cuando acabó la sanción FIFA, reforzó pobremente al equipo, pero profundizó las deudas y el descontrol.

Guzmán es víctima de su propia falta de credibilidad. Hoy espera que el Ministerio de Educación ratifique si fue electo legalmente. ¿Quiénes lo impugnan? Precisamente los directivos de la gestión Avilés, aunque no parecen los más indicados para hacerlo. Al mismo tiempo, se abre otro frente: el castigo de la Federación Ecuatoriana de Fútbol por no pagar deudas consignadas ante ese ente rector. Ya existe una sanción de -3 puntos que deberá aplicarse en el próximo torneo. Dos castigos más y el descenso sería inevitable. Otra vez, lo mismo que ocurrió en El Nacional.

La violencia como protesta

Tratándose de un club popular, la violencia se convierte en herramienta de los apasionados para “hacer justicia”. En la jungla de las redes sociales se ventila información personal y no faltan las amenazas contra Guzmán. El país se baña en sangre y símbolos como el monigote colgado en un puente cercano al estadio Capwell -exigiendo la renuncia del presidente- dicen mucho sobre hasta dónde llega la insanía en el fútbol.

Pero Guzmán no parece dispuesto a irse. Él mismo llegó como un mesías, proclamado en su momento por los mismos jugadores, quienes exhibieron públicamente una pancarta de apoyo a su candidatura en un gesto de insólita adhesión. En estados de locura como el actual, obviamente, corresponde otro mesías.

¿Quién está dispuesto a ser ungido? Cristhian Noboa. El exinternacional ecuatoriano, con paso exitoso por el fútbol, no desaprovecha micrófono para proclamar su deseo de ser presidente.

No importa que su último baile con el Ballet Azul se frustrara por una lesión, ni que nadie cuestione si realmente está habilitado legalmente para postular, mucho menos el rol de Gonzalo Vargas -representante de jugadores- que no debería estar tan cerca del directorio de ningún club. Salvo tener el poder, nada parece importar.

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Emelec, otra vez al borde

El martes 20 de enero se decidirá, supuestamente, la suerte de Guzmán en el directorio. La audiencia en el Ministerio de Educación se ha postergado ya tres veces. Es imposible deslindar la política de este tema, sobre todo tras las públicas intervenciones del viceministro Roberto Ibáñez, quien debería limitarse a emitir la resolución pública y legal correspondiente.

Mientras llega el desenlace, Neme observa desde lejos y se expresa con decepción ante unos pocos cercanos que le han pedido intervenir. No tiene intención de hacerlo, mucho menos de regresar.

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