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Diario Extra Ecuador

De la Bahía a rey del chorimoro: Orlando Robles, el hombre que conquista Guayaquil con chuzos

Orlando Robles, el inventor del ‘chorimoro’ en el centro de Guayaquil, detiene el tráfico con su “ven, ven” y un aroma a laurel que tumba cualquier dieta

Orlando usa guantes de plástico para servir sus chorizos.

Orlando usa guantes de plástico para servir sus chorizos.ALEX LIMA

Milka Franco
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La calle no es solo cemento y caos. Es, ante todo, un escenario sonoro. En esa jungla de asfalto donde el ruido de los motores intenta devorarlo todo, surge de pronto una melodía que detiene el tiempo y, sobre todo, detiene el hambre.

“Ven, ven, ven, ven, ven”. No es un llamado cualquiera, sino el ‘canto de sirena’ proveniente de una esquina donde Orlando Robles, de 52 años, ha entendido que para conquistar el estómago, primero hay que seducir al oído.

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El protagonista de esta historia, además de los chorizos de cerdo que ahúma con laurel, no necesita publicidad pagada. Su herramienta es la voz, mientras que su templo es una bici adaptada que exhala un vapor oloroso capaz de nublarle la vista al más firme seguidor de dietas estrictas. Con ritmo suelta el anzuelo: “ven para acá, ven”. 

Y el ciudadano descuidado, que venía pensando en trámites o deudas, se descubre girando el cuello en busca de la ‘grasita’ de buena calidad, como Orlando la llama.

Los chorizos se ahúman con hojas de laurel, mientras el moro se mantiene caliente en hornos.

Los chorizos se ahúman con hojas de laurel, mientras el moro se mantiene caliente en hornos.ALEX LIMA

Orlando no siempre fue el rey del chorizo. Hace apenas poco más de un año, su mundo eran las telas y las perchas, pues se dedicaba a la venta de jeans en la Bahía y de manera ambulante. Sin embargo, la situación económica se endureció y, como él mismo dice, “un padre de familia con necesidades se vuelve inventor”.

Fue entonces cuando apareció un amigo colombiano con la idea del chorizo, que según el comerciante es propia de las veredas del vecino país. Orlando, que no se queda atrás, aprendió el protocolo colombiano para fabricarlos, poniéndole empuje.

Al principio la cosa no pintaba bien. Los chorizos se vendían desde casa y, a veces, hasta se dañaban porque no salían. Pero Orlando, con esa suerte y esa ‘labia’ para las ventas que lo hace conocido en todos los mercados, decidió dejar la ropa botada y lanzarse a la calle él mismo. 

El resultado fue una ‘paliza comercial’: mientras su socio colombiano vendía apenas 20 o 30 unidades, ¡Orlando se despachó 150 chorizos en su primer día de recorrido!

15 horas diarias usualmente Orlando labora con su negocio de chorizos.

El dato

Preparar un chorizo que detenga el tráfico no es cuestión de soplar y hacer botellas. Orlando se toma el protocolo muy en serio. Todo empieza a las 03:00, cuando el cuerpo todavía pide cama pero el deber llama. El secreto del sabor, según confiesa este artista del embutido, está en la materia prima: la “carne de la papada”. Es esa carne “grasosita” la que le da el toque maestro.

El proceso es casi un ritual religioso: lavar la carne con vinagre para que quede impecable, molerla, echarle las especias y dejar que todo se concentre por unas tres o cuatro horas, antes de embutir y amarrar. Es un trabajo duro que a veces le pasa factura al cerebro por la falta de sueño.

Su medio de transporte es una bicicleta adaptada: la parte trasera es parecida a un triciclo.

Su medio de transporte es una bicicleta adaptada: la parte trasera es parecida a un triciclo.ALEX LIMA

Una vez, entre el ajetreo y la mala noche, Orlando terminó de preparar todo y, de pronto, le corrió un frío en la espalda al percatarse de que se había olvidado de echarle la sal a los chorizos. “La mala noche lo vuelve torpe a uno”, admite entre risas, agradeciendo que ahora cuenta con un ayudante que le permite descansar un poquito más.

La carta que ofrece Orlando es simple: la proteína más la guarnición que lo acompaña. Ofrece desde papas chauchas, choclo y pan, pero el plato estrella, el que ‘vuela’ a la hora del almuerzo, es la famosa “banderita”. A dos ‘latas’ prepara la trilogía sagrada: papa, choclo y moro.

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Orlando también sabe hacer arepas, aunque por estos días las tiene en descanso, para enfocarse en su fuerte: el rico chorizo. El padre de familia arranca su jornada de ventas entre las 09:30 y 10:00 en la zona de Maldonado y Coronel, centro de la ciudad, justo frente al Mercado del Este.

De ahí empieza su peregrinaje por la calle Cuenca, pasa por la avenida Quito (la zona de los llanteros), llega a la Chimborazo y Ayacucho, siempre “despacio”, dejando que el humo haga su trabajo de marketing.

Su punto fijo de 13:00 a 16:00 es la Pedro Pablo Gómez y José Mascote, frente al mercado José Mascote. Ahí es donde la venta se pone fuerte y donde Orlando se siente en casa, rodeado de amigos que lo apoyan cuando caen esos aguaceros bravos de Guayaquil.

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Por otra parte, su carrito no es un mueble cualquiera, sino una invención propia. El padre de familia, con esa chispa de inventor, le dio las instrucciones a un “maestrito” para que le fabricara un horno que mantuviera todo caliente y que, recientemente, incluye un techo para protegerse del sol y la lluvia. Es su oficina móvil, su orgullo y su sustento.

Orlando Robles es el ejemplo vivo de que en la calle no solo se sobrevive, sino que se triunfa con ingenio.

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