Familias convierten un riachuelo estacional de vía a la Costa en ‘balneario’ en Guayaquil
El llamado ‘río de la PH’ revive cada año en la vía a la costa, y se llena de bañistas, comida popular y curiosas mascarillas naturales

Familias convierten un riachuelo estacional en ‘balneario’ en Guayaquil
Un río estacional se forma en el kilómetro 18 de la vía a la Costa, diagonal a la comuna Puerto Hondo. Turistas llegan para disfrutar de ste sitio que, aseguran, acostumbra a durar entre enero y mayo de cada año.
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En aquel tramo, los carros se estacionan al borde de un tramo de la calzada. De sus parlantes sale música que se mezcla con risas y gritos de niños. Tras unos arbustos que no logran ocultarlo del todo, un riachuelo estacional (apodado ‘el río de la PH’) corre entre las piedras.
Bajando por un pequeño talud de tierra y piedras, la escena se revela: el agua no es profunda, llega a los tobillos en algunos tramos y en otros roza la rodilla. Corre gris, aunque en partes comparte ese tono terroso que le regala el Bosque Protector Cerro Blanco.
En pleno domingo de marzo, con Guayaquil ‘recalentado’ a los 31 grados Celsius que anuncia el aplicativo de Apple, este cauce temporal es un oasis en la ‘selva de cemento’.
Cecilia Quirola está instalada a la orilla, con su puesto improvisado. Una olla humea y un hornillo portátil descansa sobre una mesa plegable, junto a parasoles. “Vendo variadito”, dice con una sonrisa, mientras señala lo que ofrece: seco de gallina criolla, maduro lampreado, corviche, salchipapa y hasta granizado.

Cecilia Quirola acompaña la jornada de los turistas con platos típicos.
Cecilia es parte del paisaje mientras dura el agua en aquella zona. Cuenta que llegó allí por primera vez en el invierno de 2016. Iba en el carro, miró hacia el costado y vio que el agua había brotado en época lluviosa. La siguiente vez que regresó no fue por curiosidad, sino por necesidad: “para quitarle el ‘chuchaqui’ a mi esposo”, revela.
Pero su historia con el río se consolidó hace seis años, en medio de la pandemia. “Traje a vender unas tortillitas, con un hornito y un parasol. Eso sí, yo dejo limpio todo con mi familia”, destaca.
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Antes de que llegue el primer cliente, que nunca aparece antes del mediodía, Cecilia cumple un ritual: “Acá yo soy la primera que me tiro al río, antes de vender”. Después, el negocio y el baño se alternan hasta que el reloj marca las seis de la tarde y las familias comienzan a recoger sus cosas.
“Esto comienza cada enero, y ya por mayo se va secando. De ahí me dedico a otras actividades el resto del año”, explica. Pero mientras dura, dice, el agua es bonita, sin rastro de contaminación.
Mascarillas de piedra
Un par de pasos más adentro, donde el riachuelo es acompañado por un pequeño muro, la escena es de un jolgorio absoluto. Familias ocupan cada espacio plano entre las rocas. Un grupo de adolescentes se ríen mientras frotan dos piedras planas entre sí con un poco de agua. De la fricción nace una pasta amarillenta, ligeramente viscosa, que se untan en la cara como si fuera crema de primera línea.
“Son mascarillas”, explica Cindy Borges, mientras se aplica una capa generosa en las mejillas. Tiene 32 años y este domingo es su regreso después de tres años de ausencia.
“Mis abuelitos me decían que cada vez que viniéramos al río, cogiéramos esas piedras y las raspáramos para hacer una mascarilla. Decían que era muy bueno para el acné, para las manchas blancas y cualquier espinilla. Es efectivo, es muy bueno”, afirma convencida.
Cindy mira hacia el fondo del cauce, donde la vegetación se cierra. b. De hecho, cuando llueve mucho suelen hacerse cascadas y hasta sube el río. Le recomiendo muchísimo este río a la gente”.
Hasta cumpleaños celebran en el río

‘Pelados’ posan con mascarillas preparadas en el mismo río.
A unos metros, Elena Rita Cabezas, con un bolo de fresa en la mano, observa la escena de su familia disfrutando la belleza del lugar. No ha venido a bañarse, sino a acompañar a sus siete familiares, quienes chapotean en la corriente.
“Tengo muchísimos años viniendo aquí, más de 30. Venía cuando era joven, y esto ya existía. Es bueno que la gente venga, porque es diversión sana”, aconseja Elena.
La señora se ríe fuerte cuando le preguntan si alguna vez ha celebrado un cumpleaños allí. Lamenta que no, pero aclara, alegre: “Si quisiera algún día, si Dios no me mata”.