Guayaquil de antaño: De los paseos seguros en las plazas al miedo de la inseguridad actual
En un recorrido por espacios emblemáticos de Guayaquil, EXTRA recuerda las vivencias pasadas de la urbe. Afamados artistas se presentaban y no se temían robos

El parque Seminario continúa vigente como uno de los espacios públicos de la urbe con un visible flujo de visitantes.
El sol azota la plaza San Francisco, en el centro de Guayaquil. Una banca bajo la copa de un árbol atrae como imán a los hermanos Sáenz. A pasos lentos, con sonrisas salpicando en sus rostros, se sientan. Aparecen los “¿cómo estás?” y “¿qué hay de novedades?”. También recuerdos de antaño en el lugar: los vendedores de carbón pasando con sus carretas de madera, el seco de gallina criolla a dos cuadras hacia el río Guayas y esa tranquilidad de caminar por la madrugada, sin la amenaza de un asalto.
Una o dos veces cada 15 días, esa plaza es el punto de encuentro de los Sáenz. Abraham llega desde Naranjal para visitar a su ñaño Antonio. En la década del sesenta, cuando eran adolescentes, también acudían al sitio los sábados o domingos. Iban ilusionados por comprarse un raspado de leche. Una bebida azucarada y de tono amarillento, a la cual se le añadía hielo picado obtenido con el roce de un cepillo metálico contra la marqueta, tal como carpintero cepillando madera.
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La zona les quedaba cerca. Nacieron y se criaron en el barrio de las calles Chimborazo y Ayacucho, ubicado a menos de 15 cuadras. “Esta plaza era más comercial. Los carboneros pasaban gritando, ‘¡carbón, carbón!’, mientras tocaban una campana. Se percibía ese olor a quemado cuando aparecían”, cuenta alegre Antonio.
“Tomábamos la leche Pluca”, añade Abraham, reviviendo su risueña juventud. La Pluca fue una marca ecuatoriana, producida en la ciudad, que se volvió tradicional. Se envasaba en botellas de vidrio retornables, anchas de la mitad hacia abajo y angostas de la mitad hacia arriba. Tenían el nombre grabado en letras rojas. Era común dejar las botellas vacías fuera de las casas, junto a las puertas, listas para que el lechero se las lleve y deje nuevas llenas.
El Barquito de Daniel Santos y caminar seguro
Las anécdotas de antaño arrancan sonrisas en los adultos mayores. Hablan, gesticulan y se miran como cómplices de la misma emoción. Es como ver a dos niños entrar a una juguetería.

Los hermanos Sáenz continúan visitando la plaza San Francisco.
“En esa época en que estábamos chicos oíamos hablar a los grandes de lo bacán que era ir a El Barquito de Daniel Santos”, continúa Abraham.
Santos fue un reconocido artista puertorriqueño que, entre finales de los 50 e inicios de los 60, se presentó en algunas ocasiones en El Barco, un restaurante ubicado cerca del puente 5 de Junio. En Ecuador, su fama aumentó por sus inolvidables dúos con Julio Jaramillo, el Ruiseñor de América.
Con un tono de lamento, los Sáenz rememoran que antes se podía salir de los antiguos salones de baile por la madrugada, sin sufrir robos. Se andaba sin mayor preocupación con la leontina (cadena para sujetar relojes de bolsillo, a veces de oro) a la vista.
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“La gente regresaba a pie después de bailar y no pasaba nada. Algunos medio borrachitos se iban a comer por la antigua maternidad (actual hospital Bicentenario) arroz mojado con puro jugo de seco de chivo, en un restaurante de esa zona. Era lo único que les quedaba, luego de vender todo, pero era riquísimo”, detalla Abraham.
Las descripciones de los hermanos son más que añoranzas nostálgicas. Son relatos vivos que perduran en quienes llevan marcado ese Guayaquil del ayer, como Wington Caregua, un riosense de 72 años radicado en Guayaquil desde los 12. Él sigue asistiendo a los emblemáticos parques Seminario (también conocido como de las iguanas) o Centenario, para hacer lustrar sus zapatos como cuando era joven. Siempre viste con camisa, pantalón de tela y su sombrero de mimbre en tono caqui.
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Así lucía la plaza San Francisco décadas atrás.
Antes, los lustrabotas tenían pequeños cajoncitos de madera en donde guardaban su equipo de trabajo y un pequeño banquito para sentarse y trabajar. Recorrían las calles buscando clientela. Su labor estaba impregnada por esa mezcla de olores entre la tinta para el calzado y la crema para lustrar. Ahora atienden al público en grandes asientos metálicos adecuados para eso. Ya no andan buscando interesados, están en puntos fijos en esos parques.
“Cuando puedo, me doy un tiempo para venir porque los zapatos quedan mejores, ellos son los que saben. Antes venía más porque solía comer con mi familia en un restaurante que vendía unos secos de carne, de guanta, buenísimos. Uno pasaba y el olor lo atraía. Esos platos no es que se perdieron, pero antes los hacían más”, narra.
Wington también visitaba la plaza San Francisco para comprar hamacas o abrigos que ofrecían comerciantes principalmente otavaleños. Exhibían su mercadería en el callejón que hay junto a la iglesia homónima, ubicada en esa área.
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“¿Se acuerda que antes también había muchos quiosquitos de los vendedores de lotería?”, pregunta al lustrabotas que lo atiende. Él hombre, sin despegar su mirada de la franela con la que le saca brillo al calzado, responde un sí, levantando las cejas como sorprendido del implacable paso del tiempo.
Conservar tradiciones y vivir más la ciudad
El parque Seminario es el lugar más bonito de Guayaquil para Narcisa Ordóñez. La mujer, de un marcado semblante alegre que la hace lucir menor a los 62 años que tiene, explica que siempre le atrajo el sitio porque es visitado por turistas extranjeros y nacionales.
Su afirmación es inobjetable. En el parque resuenan todo el día los flashes de las cámaras de los turistas. El sonido se adorna con dialectos en otros idiomas, como el inglés o el mandarín. La campana de la iglesia Catedral, ubicada cruzando el parque, también aporta al ambiente sonoro cada vez que anuncia que una misa está por iniciar.
“Me gusta ver que ellos visitan nuestra ciudad. Desde que yo me acuerdo, a finales de los 70, ya venían los turistas. Sentarme aquí me transmite felicidad y paz”, describe entusiasta Narcisa, mientras recibe con agrado una brisa fresca proveniente del manso Guayas.
Ella extraña ver con más frecuencia esa vestimenta tradicional compuesta por guayaberas, pantalones negros y vestidos en tonos pasteles. “Eso no deberíamos perder”, dice.
Sentado en una de las bancas del parque Centenario, Carlos Mauret, un milagreño que arribó a Guayaquil en 1966, recuerda que caminaba del cerro del Carmen, donde vivía, hacia el teatro al aire libre Bogotá (actual plaza Colón), para ver presentaciones musicales.

El parque Centenario, desde antaño, fue uno de los sitios más emblemáticos de Guayaquil.
“Ahí vi a los artistas mexicanos Javier Solís, Antonio Aguilar y hasta Tin Tan. La gente iba a divertirse tranquila. No es que no había delincuencia, pero era bien raro que te roben. Ahora hay que andar mirando a todos lados, no hay que descuidarse”, expresa pensativo.
Todos estos lugares emblemáticos, aunque con cambios y sin algunas actividades que los caracterizaban décadas atrás, continúan en pie en la actualidad. Quienes los disfrutaron en esos años, sin la distracción tecnológica del celular, siguen promoviendo esos relatos como símbolo del guayaquileñismo.
En la actualidad toca vivir los espacios de tradición bajo la cruda aceptación de que la inseguridad, el tiempo y las costumbres apagaron un poco el espíritu bohemio. Pero esa mirada al pasado, más que por nostalgia, debe ser un cañón para apuntar a ciertas cosas que podríamos retomar y mejorar.