Guayaquil: El artesano que vende los últimos monigotes hechos por su padre antes de fallecer
Mientras un artesano intenta vender los últimos monigotes que hizo su padre antes de fallecer, otros explican qué hacen con los monigotes varados

Roberto Salazar observa los últimos monigotes que confeccionó su papá, en 2022.
En una pequeña fila de monigotes que aún esperan comprador reposan los últimos rostros que el padre del artesano Roberto Salazar moldeó antes de morir. No son rostros de moda ni ídolos reconocibles, pero siguen de pie, intactos, como si el tiempo sobre ellos no pesara.
(Lea también: Así comienza el 1 de enero en Ecuador: cocineros, y su misión de 'levantar muertos')
Como esos, hay decenas de años viejos que no se vendieron a tiempo en distintos puntos de Guayaquil y que obligan a sus artesanos a decidir qué hacer con ellos: guardarlos, rematarlos, rehacerlos o resignarse a perderlos. El rincón de Roberto es uno de esos escenarios este 31 de octubre.
En los exteriores del centro comercial Albán Borja, al norte de Guayaquil, Roberto ha levantado un espacio propio, apartado del resto de monigotes de que le hacen competencia. Allí, un pequeño ejército permanece en formación: decenas de muñecos del mismo tamaño, de poco más de un metro de altura, alineados en varias filas y sostenidos de pie.
Guayaquil
Celebración de fin de año en Guayaquil: Así se desarrolla el movimiento en la 6 de Marzo
Milka Franco
La mayoría son futbolistas. Se repiten los rostros de Niño Moi, Messi y Yamal, pintados una y otra vez, con camisetas distintas pero cuerpos casi idénticos. Todos miran al frente, rígidos.
A un costado de aquel ‘equipazo’, apartados del resto permanecen seis ‘viejos’. Son figuras femeninas de rasgos simples, pintadas con sonrisas discretas. Algunas son rubias, otras de cabello negro. Ese pequeño grupo, casi escondido entre tanto ‘pelotero’, es el que menos atención recibe y el que más historia guarda.

En la calle José María Velasco Ibarra, en Bellavista, se exhiben cientos de monigotes cada diciembre.
“Estas mujeres las hizo mi papá en el 2022, antes de fallecer al siguiente año”, cuenta el hombre mientras las señala. “A estas no les han parado mucha bola”, lamenta. Aun así, una sonrisa nostálgica lo interrumpe. “Recuerdo que él hacía cualquier rostro que veía. Por ejemplo, esta es mi hermana”, rememora alegre.
Las vende a cinco dólares. No le pesa. “Él decía que mientras nosotros lo recordemos, sigue vivo. El día que ya no hablemos de él, ahí sí se muere del todo. Cuando falleció dejó como cien. Ya solo quedan estas. Mi hermana incluso se llevó algunas y cada año quema una”, comparte Salazar.
El comerciante asegura que no bota ningún monigote, pese a que ni siquiera hace la típica rebaja justo antes del primero de enero. Los emplastifica y los mantiene intactos en su casa hasta el siguiente año, pues para él, todos tienen una oportunidad más.
Pero no todos los comerciantes piensan igual. “Ninguno se queda”, dice David Alvia, mientras acomoda los últimos monigotes junto a su esposa, Mariela Pico. “Con la bendición de Dios, se van todos”, recalca la señora.
La pareja lleva más de 24 años vendiendo años viejos junto a sus hijos y no contempla guardar los rezagados. Si no se venden, se rematan o se queman con la llegada del nuevo año.

David Alvia junto a su esposa Mariela Pico vendían monigotes en los exteriores del Albán Borja.
La calle de Bellavista que está repleta de monigotes
En la calle José María Velasco Ibarra, en el sector de Bellavista, el dilema se multiplica. Cada diciembre, decenas de comerciantes y artesanos se toman el parterre central y las aceras para exhibir filas interminables de monigotes.
“Varón, ¿qué muñeco está buscando?”, repite Carlos José Bodero a cada transeúnte. Alegre, acompañado por su esposa y sus dos hijos, asegura que a él nunca le han sobrado monigotes. “Cuando me quedan cinco y ya me quiero ir, los remato. Pero mi cuñada una vez se quedó con unos 200 porque no quiso bajar el precio”.
Guayaquil
Atentados explosivos en Guayaquil: cronología de ataques que marcaron la escalada criminal en 2025
Mario Valiente
Para Carlos José, guardar estas esculturas es condenarlas. “Si los guardas, se dañan. Les coge humedad, polilla. No sobreviven al siguiente año”, advierte.
Un poco más adelante, Paúl Montenegro trabaja con monigotes de aserrín, la forma más tradicional de hacer años viejos. Son figuras humanoides, vestidas con ropa común y caretas pintadas a mano. Algunas incluso llevan ternos elegantes. Paúl pinta una a una las caretas con brochazos rápidos, mientras termina los últimos que le quedan.
“Los de papel se pueden guardar, pero estos no”, explica Paúl. “El aserrín se daña. ¿Qué vamos a hacer con eso en la casa?”. Revela que muchos vendedores, al final, los dejan botados en la calle. Él no.

Paúl Montenegro pintando caretas a contrarreloj, decidido a que ninguna se quede sin vender en el último día de 2025.
En otro punto de la misma vía, un hombre mayor que prefirió no dar su nombre vigila atento cada vehículo que se estaciona. Le quedan poco más de una docena de figuras. Algunas lucen la superficie arrugada; otras se ven más lisas, más recientes.
“Yo siempre espero venderlos todos. Pero si sobran, me los llevo a la casa. Tengo una bodeguita. Algunos se despintan y se hacen de otro personaje del año”.
La artesana de años viejos que aprendió de la vivencia
La experiencia también ha moldeado a Corina Cedeño. Su puesto reúne superhéroes, sapos y personajes de videojuegos. “Con el invierno se dañan. Los rezagados hay que venderlos barato. Solo los muñecos grandes se rescatan para despintarlos, pero muy poco”, admite.
Buena Vida
Bomberos de Guayaquil alertan sobre los errores más comunes en Navidad y Año Nuevo
Diego Alfonso Alvarado Franco
De los cerca de 200 monigotes que trajo, le quedan unos 30. Guardarlos no es una opción para ella: implicaría pagar flete, moverlos, buscarles un lugar. Prefiere bajarles el precio y dejarlos ir. Antes intentó conservarlos, pero la experiencia le enseñó que es en vano.
Lo entendió una temporada en la que uno de sus muñecos más grandes, un Chavito, no encontró comprador. La lluvia lo alcanzó antes que el fuego. El cartón se empapó, la figura perdió forma y terminó convertida en una masa blanda e irreconocible. Aquel monigote, que había costado días de trabajo, acabó rematado en apenas una ‘quinita’. Mejor que nada.
Guayaquil
Celebración de fin de año en Guayaquil: Así se desarrolla el movimiento en la 6 de Marzo
Milka Franco