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Opinión

La invitada del día: Misoginia

Imagen buendia

En el siglo ocho, antes de Cristo, se empezaron a fraguar los mitos sobre la creación de la humanidad. Tanto la tradición judía como la griega coinciden en que hubo un tiempo en el cual el hombre vivía en total felicidad. Luego llegó la mujer y con ella el desastre. Eva con su desobediencia condenó a Adán, y fue responsable del destierro del paraíso. Del pecado original. Pandora consiguió que Epimeteo abriera su caja que contenía todos los males de la tierra (y muy al fondo, la esperanza). El cristianismo heredó las dos vertientes. Del judaísmo adquirió el mito de la caída del hombre por culpa de Eva. De los griegos tomó prestada la “prueba científica” de Aristóteles que explica la inherente inferioridad de la mujer. Con esto, el cristianismo desarrolló la idea del pecado y la culpa irremediablemente ligada a la mujer. Solo se salvó María, deshumanizada y elevada a los cielos.

Eso es la misoginia, esa tradición de desprecio hacia las mujeres. Ni los adelantos de la ciencia, ni el nacimiento de las ideas democráticas o el desarrollo de la filosofía centrada en el individuo lograron desterrarla. La misoginia, como todo prejuicio, suele estar enraizada fuertemente en la cultura de la sociedad y desafía la razón.

Frutos de la misoginia son los abusos, exclusiones, violencia y crímenes que hoy se siguen perpetrando contra la mujer en el mundo.

Pero la misoginia también tiene otras manifestaciones. Más sutiles, más cotidianas. Como cuando algún hombre dice que las mujeres debemos hablar de maquillaje, no de economía. O que las mujeres nos embarazamos como negocio para vivir de los hombres.