He visto más de 20 cadáveres”: el peso de vivir cerca del Canal de la Muerte en Guayaquil
En el noroeste, habitantes cercanos al trasvase Chongón sufren abandono estatal, hallazgos de cuerpos y el estigma que afecta su vida social y laboral

Los cadáveres son hallados dentro y alrededor del canal, evidencia de la violencia en la zona.
PARA LLEGAR A SU VIVIENDA EN LA COOPERATIVA JANETH TORAL, en el noroeste de Guayaquil, Manuel Cabrera debe recorrer cerca de dos kilómetros por un camino lastrado, solitario y polvoriento, donde, asegura, solo es posible transitar con la luz del día. Cuando cae la noche, el miedo se impone.
A un costado se extiende el trasvase Chongón, una obra hidráulica de casi 40 kilómetros que inicia en el distrito Nueva Prosperina y desemboca en el recinto Manga Covacha, en la vía a la costa. Al otro lado, un cerro y matorrales acentúan el aislamiento. Es un trayecto que los habitantes evitan cruzar en la oscuridad, no solo por la falta de iluminación, sino por lo que se ha vuelto recurrente: el hallazgo de cadáveres. El lugar carga con un nombre que resume ese temor y su peso social: el Canal de la Muerte.
‘MARCADOS’ POR EL MIEDO
Cabrera, quien ha vivido 25 años en este sector, habla desde la experiencia. Asegura haber sido testigo de más de 20 hallazgos de cuerpos, algunos abandonados a la intemperie y otros arrojados dentro del canal. Con el tiempo, el miedo dejó de ser una sensación pasajera y se convirtió en parte de la rutina de quienes deben transitar por esta vía.
“En mi casa no solo yo he sido testigo de cuerpos abandonados cerca o junto al canal. Hace unos tres meses, mi esposa, mientras iba al trabajo, se encontró con un cadáver. Aún no llegaba la Policía, solo había curiosos alrededor. Es algo que se ha vuelto común para nosotros… incluso mis hijos han visto cuerpos. Pero lo más duro es cargar con el nombre del lugar: cuando dices de dónde eres, la gente ya te mira distinto”, relata Cabrera.
Manuel procura salir de su casa después de las 05:30, cuando ya hay claridad, y regresar antes de las 19:00. La oscuridad vuelve el lugar aún más peligroso. El único medio de transporte en la zona son motocicletas.

Es común ver desperdicios y personas consumiendo drogas cerca del trasvase de agua.
“En el día cuesta 50 centavos por persona, pero en la noche cobran un dólar. Ningún taxi quiere entrar. Hace poco un vecino me contó que, al contratar un flete, el conductor se negó porque tenía que pasar por el canal y dijo que ahí ‘solo encuentran muertos’. Ese es el estigma con el que vivimos: estamos marcados por el lugar donde vivimos”, comenta el electricista de 54 años, padre de cuatro hijos.
Pero no solo Manuel describe la realidad del sector. Patricio, oriundo de Pedernales, en Manabí, llegó hace tres años a Guayaquil en busca de mejores oportunidades. Un familiar le ofreció una vivienda en esta zona y, sin otra alternativa, aceptó.
"El estigma de vivir en estos sectores afecta tanto el acceso a servicios sociales como las oportunidades laborales. No podemos normalizar la violencia”.
Desde entonces, también ha sido testigo de la violencia que rodea el lugar. “No pensé que era tan peligroso. Me ha tocado adaptarme porque no tengo a dónde ir. Tengo una moto y trabajo haciendo transporte. El lugar es abandonado, oscuro; se ve a consumidores caminando por la zona… pero lo que más me asusta es encontrarme con un cadáver. Y cuando dices que trabajas por aquí, muchos prefieren no subir o desconfían. Es como si uno también fuera parte de ese miedo”, cuenta.
CIFRAS QUE CONFIRMAN LA VIOLENCIA
Según cifras de la Policía Nacional, la violencia en el Canal de la Muerte no es anecdótica: en 2024 se registraron 16 hallazgos de cuerpos; en 2025 se contabilizaron 19, y en lo que va de 2026 ya suman al menos cuatro casos, solo en el tramo correspondiente al distrito Nueva Prosperina.
Durante la cobertura de este reportaje, se observó la aprehensión de personas en situación de calle que transportaban una tapa de alcantarilla presuntamente sustraída para venderla y comprar droga.
“La encontramos botada y la íbamos a vender. No la robamos. Aquí, entre la basura, también se encuentran cosas… el otro día había un saco con partes humanas. Es normal, no pasa nada”, dijo uno de los jóvenes mientras era subido a un patrullero.
En el noroeste de Guayaquil, cooperativas como Janeth Toral, Sergio Toral, Voluntad de Dios, Trinidad de Dios y La Ladrillera se ubican alrededor del Canal de la Muerte.
CONDICIONES QUE FAVORECEN EL CRIMEN
Una fuente policial explica que las condiciones del sector lo convierten en un punto propicio para el crimen. “Por la oscuridad y el aislamiento, las bandas utilizan esta zona para abandonar cuerpos o deshacerse de ellos. Cuando el canal tiene suficiente agua, la corriente arrastra los restos hacia Chongón”, señala.
El mismo informante añade que en el sector operan al menos tres grupos delictivos que se disputan el territorio, lo que incrementa la violencia. “Aquí hay presencia de estructuras vinculadas a Los Choneros, Los Lagartos y Los Tiguerones. La gente tiene miedo de hablar; incluso cuando investigamos, muchos dicen no haber visto nada”, agrega.
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Las motocicletas son el único medio para cruzar la vía junto al canal.
PERCEPCIÓN Y ESTIGMA
Sin embargo, no todos coinciden con esa percepción. Algunos moradores aseguran que la situación ha mejorado en los últimos meses.
“Yo no me meto con nadie y nadie se mete conmigo. Tengo un año viviendo aquí y no he visto nada de eso”, afirma Héctor, habitante del sector La Ladrillera, quien pidió mantener su identidad en reserva. Sin embargo, reconoce que el estigma pesa: “Cuando dices que vives por el canal, la gente se queda callada o cambia la forma de tratarte”.
"Hay una percepción social negativa sobre ese territorio, donde la presencia de cadáveres parece normalizarse”.
LOS HECHOS RECIENTES
No obstante, los hechos recientes contradicen esa versión. El 18 de marzo, un cuerpo fue hallado en las orillas del canal, a unos 500 metros de viviendas del sector. El cadáver estaba boca abajo, en estado de descomposición, y presentaba una herida de bala en la espalda.
Estrategias de supervivencia en medio del abandono
Los sociólogos Xavier Moreira y Javier Gutiérrez coinciden en que la violencia en esta zona está estrechamente ligada a la ausencia del Estado. Señalan que la reducción del presupuesto en seguridad y la falta de infraestructura, como las Unidades de Policía Comunitaria (UPC), han debilitado la actuación institucional.
Moreira advierte que los análisis sobre violencia suelen ser incompletos y estigmatizantes. “El estigma también afecta la vida social y laboral: mencionar que se vive en sectores como Socio Vivienda o en una cooperativa de Nueva Prosperina puede cerrar oportunidades de empleo formal”, explica.
Gutiérrez, por su parte, señala que ante la limitada presencia policial, las comunidades han tenido que desarrollar estrategias propias de supervivencia. Añade que el uso del canal para abandonar cuerpos se ha intensificado con la expansión de grupos delictivos, generando un trauma colectivo en la población.
“Existe una percepción generalizada de que la Costa es violenta. Este señalamiento se traslada a ciudades como Guayaquil y, finalmente, a barrios específicos, como los cercanos a este canal”, indica.
Este proceso de estigmatización afecta especialmente a niños y adolescentes, quienes crecen en un entorno marcado por el miedo. Según Gutiérrez, esto ha derivado en problemas como ansiedad, depresión y estrés postraumático, además de un impacto negativo en su autoestima y desarrollo social. “A largo plazo, estas condiciones reducen las oportunidades educativas y laborales, perpetuando un ciclo de exclusión que se transmite de generación en generación”, concluye.