Psicólogos analizan video de la madre que golpeó a su hijo detenido: ¿Corrige o destruye?
Viral video muestra a una madre golpeando con un látigo a su hijo esposado, en lo que sería una comisaría en Ecuador. Psicólogos lo analizan

La reacción eufórica de una madre al ver a un hijo detenido puede ser entendida, según psicólogos, pero no justificada.
El video dura 32 segundos. Ella empuña un tradicional cuero de vaca, y descarga nueve latigazos sobre el cuerpo esposado de su hijo en lo que parece una comisaría. Él llora, pide perdón entre sollozos. Alguien bromea: “Llama a la policía”. Ella se va, furiosa. “Por mi lado te quedas acá… ¡qué vergüenza!”.
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No se conocen nombres ni ciudad. El acento, aparentemente costeño, podría insinuar su origen. Pero el video no es un caso aislado: es uno más en una secuencia que se repite en redes desde hace meses, casi calcada en su crudeza: madre, hijo esposado, látigo y llanto.
En 2025, según el Ministerio del Interior, 2.812 menores de edad fueron detenidos por presunta participación en delitos en Ecuador. Sin contar a los adultos jóvenes que aún viven bajo el techo materno.
La escena deja preguntas incómodas. ¿Golpea porque es violenta o porque está desbordada? ¿Castiga o se quiebra? ¿Ama a su hijo o siente que lo pierde?
El quiebre tras una experiencia lamentable
Desde una mirada humanista, el psicólogo clínico Eduardo Moreira habla de un “quiebre emocional”. Cuando una situación colisiona con valores y creencias, puede generarse una descarga intensa de cortisol y noradrenalina. En segundos se mezclan culpa, rabia, vergüenza, frustración y miedo. “La reacción es esperada, pero no justificada”, aclara.

Eduardo Moreira, psicólogo clínico
Aunque persista la frase “a mí me pegaron y salí bien”, Moreira advierte que muchas veces lo que se hereda no es disciplina, sino dificultades para gestionar emociones y la repetición del patrón.
Añade un matiz: las conductas delictivas no cambian solo con diálogo suave, pero tampoco con agresión. Se requiere un abordaje integral, sostenido, con límites claros, acompañamiento terapéutico y cambios en el entorno. “Implica transformaciones profundas”, resume.
La ‘herencia’ de violencia
Para la psicóloga clínica Gabriela Caiza, magíster en Intervención Psicosocial y especialista en jóvenes y familias, la escena puede comprenderse desde la frustración, pero no justificarse.

Esta fue la escena viral donde una madre azotó nueve veces a su hijo.
“La violencia no se resuelve con más violencia”, enfatiza. Ridiculizar públicamente a un hijo -aunque haya cometido un acto grave- no corrige; puede aumentar vergüenza, resentimiento y aislamiento. En adolescentes vulnerables, incluso reforzar conductas antisociales.
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Caiza contextualiza sin avalar el castigo. “Esa madre no actúa desde la maldad, sino desde la desesperación y la culpa. ‘¿En qué fallé?’, puede pensar. Ver a un hijo esposado es un espejo roto”, señala.

Psicóloga clínica Gabriela Caiza.
Insiste en que la violencia no puede ser el método, pero tampoco se puede ignorar lo que hay detrás de la ‘paloterapia’: una mujer que quizá también fue criada a golpes.
Autoridad de los padres perdida
El neuropsicólogo Ronny Macías añade una dimensión cultural. Hace décadas, el golpe resultaba “efectivo” no por el dolor, sino porque el adulto encarnaba una autoridad incuestionable. La palabra bastaba. Hoy ese referente se ha erosionado.
“Actualmente, el castigo físico es lo que menos ayuda a modificar una conducta”, sostiene. Si alguien evita delinquir solo por miedo, lo hará cuando no haya vigilancia. Sin reflexión, no hay cambio real.

Ronny Macías, neuropsicólogo.
Macías también mira a la madre. Dice “qué vergüenza”, pero en el fondo podría ser “tengo miedo a perderte”. En el contexto actual, ingresar a un grupo delictivo puede convertirse en una sentencia difícil de revertir.
Por eso insiste en generar espacios donde estos jóvenes puedan replantear su visión de la realidad. El dinero fácil, la sensación de poder, la autoridad sobre otros son anzuelos potentes. Sin acompañamiento, salir es cuesta arriba.
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