En Quinindé, cuatro hermanos luchan por un hogar luego de quedar huérfanos
Quedaron sin padre y hace unos días atrás perdieron a su progenitora, a causa del cáncer. Actualmente requieren el apoyo ciudadano

Justin, el mayor, procura proveer lo elemental a sus tres hermanos menores.
Cuatro niños huérfanos sobreviven en una casa de caña tras perder a sus padres por el cáncer. En medio de la extrema pobreza, los menores enfrentan un futuro incierto en un refugio frágil que amenaza con derrumbarse.
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Hace apenas veinte días, la muerte de su madre los dejó bajo el cuidado de su abuela anciana, quien no tiene recursos para sostenerlos. Sin la protección de su padre —fallecido años atrás por la misma enfermedad— y con tíos limitados por la precariedad, esta familia depende actualmente exclusivamente de la solidaridad ciudadana para subsistir.
Justin, el mayor de 18 años, carga sobre sus hombros la responsabilidad de ser padre, hermano y sustento. Ha aprendido barbería, farmacia e instalación de cámaras; cualquier oficio que le permita ganar unos dólares para alimentar a sus hermanos de 12, 9 y 8 años.
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La infancia de ellos se ha convertido en una carrera contra el tiempo. Esperan con incertidumbre las noches en su vivienda improvisada, confiando en que con la comunidad puedan cumplir el sueño del terreno propio.
El apoyo de los habitantes de Quinindé
El solar que podría cambiarles la vida cuesta 4,000 dólares, un precio reducido gracias a la compasión de un familiar. Hasta ahora se han recaudado 1.000 dólares, fruto de bingos, rifas y donaciones.
Cada dólar es un ladrillo invisible en la construcción de su futuro. La meta es clara: comprar el terreno, levantar una vivienda segura y evitar que la historia de estos niños se escriba con el tinte del abandono.

Con bingos, los vecinos les están ayudando a financiar un terreno, pero aún les falta mucho.
La tragedia no terminó con la muerte de su madre. El entierro mismo fue un acto de autogestión: un cofre conseguido con ayuda del Patronato y un espacio prestado porque no había dinero para un lote en el cementerio. La herida sigue abierta y los niños saben que, en el futuro, deberán trasladar los restos de su progenitora. Ese dolor se suma al miedo de quedar a la deriva en un mundo que parece demasiado grande para su fragilidad.
Pero en medio de la desolación, la respuesta ciudadana ha sido un abrazo colectivo. Profesores, vecinos, miembros de la iglesia mormona y desconocidos conmovidos por la historia han tendido la mano.
Quinindé se ha movilizado con una entrega admirable, demostrando que la solidaridad puede ser más fuerte que la desgracia. Los niños hoy tienen comida y ropa, pero aún falta lo más importante: la certeza de un techo que no se debilite con la lluvia.

Los hermanos sobreviven en una casa de caña. Anhelan tener un techo seguro.
Las maestras han sido el corazón de esta cruzada. “No podíamos quedarnos de brazos cruzados”, explica la docente Anabel Macías. “Estos pequeños son parte de nuestra comunidad educativa y merecen un futuro digno”, resalta.
Justin, con su juventud interrumpida, es hoy un símbolo de resiliencia. Él está convencido de que lograrán el objetivo. “Sé que lo vamos a lograr gracias a las familias quinindeñas que nos apoyan de todo corazón. Mi propósito es sacar adelante a mis hermanos”, asegura con determinación.
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