Relatos de sobrevivientes de secuestro en Ecuador y sus secuelas: el instante que cambió sus vidas
Los procesos judiciales se multiplican, especialistas insisten en que la atención psicológica es tan importante como la sanción penal

El secuestro no termina con la liberación. Mientras una víctima enfrentó a sus captores, otra aún sufre en silencio las secuelas. Dos formas distintas de afrontar un delito.
Su voz suena serena, firme, incluso segura. Nada en su tono deja entrever que hace apenas ocho meses vivió uno de los episodios más aterradores de su vida. Fernando, de 46 años, conducía su taxi informal como cualquier otro día cuando dos hombres le pidieron una carrera. Se hicieron pasar por pasajeros y el trayecto avanzaba con aparente normalidad. Sin embargo, quince minutos después, cuando estaba por llegar al destino acordado, una motocicleta interceptó el vehículo. En cuestión de segundos, uno de los sujetos descendió y lo encañonó con un arma de fuego. El miedo fue inmediato. La escena, rápida y violenta. Pero esta vez, el desenlace sería distinto.
“Personas que se dieron cuenta de lo que pasaba avisaron al ECU-911. La Policía fue alertada y, al parecer, ya estaba siguiendo el vehículo en el que me llevaban. Primero pasó una motocicleta policial, pero los uniformados no advirtieron la situación. Luego apareció otra con dos agentes. Empecé a patear el vidrio con todas mis fuerzas, aunque me apuntaban con un arma y me presionaban un destornillador contra el pecho. Todavía tengo marcada la huella”, relata.
La Zona 8 (Guayaquil, Durán y Samborondón), lideró el número de secuestros con 534 casos. Le siguieron Los Ríos, con 258 y Quito, con 255.
Durante el secuestro, los delincuentes ya habían contactado a su familia para exigir 15.000 dólares por su liberación. “Me dieron un cachazo en la cabeza y me golpeaban. No sé de dónde saqué fuerzas para golpear el vidrio y llamar la atención”, afirma.
Los policías detectaron la emergencia e iniciaron la persecución. Cuando el vehículo se detuvo, los secuestradores intentaron huir. A pesar de estar herido y en estado de shock, Fernando corrió detrás de uno de ellos. “Lo alcancé y le di golpes. No me pude contener. No sé si hice bien o mal, pero lo volvería a hacer”, sostiene.
En la audiencia de formulación de cargos también los enfrentó. Aunque la diligencia se realizó de manera virtual, no dudó en identificarlos. “Les dije: ustedes son quienes me secuestraron. Los reconocería una y mil veces”, asegura.
Pese al terror vivido en mayo de 2025, intenta retomar su vida con normalidad. “No podía dejar que el miedo me paralizara. Sigo trabajando como taxista y creo que, si volviera a pasarme, haría lo mismo”, dice.
En 2025 se registraron 639 casos de secuestro simple, 1.172 de secuestro extorsivo y 11 denuncias por simulación de secuestro.
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Pero no todas las víctimas logran sobreponerse de la misma manera. Martha, una guayaquileña de 40 años que fue secuestrada en noviembre pasado, cuenta que su vida dio un giro radical tras permanecer casi 48 horas en cautiverio. Desde entonces, el miedo dejó de ser una sensación pasajera para convertirse en una presencia constante. Evita acercarse a las ventanas, observa con recelo a quienes la rodean y admite que la experiencia alteró su descanso y su alimentación.
“He tenido problemas para dormir y ya no me siento tranquila en ningún lugar. Ahora miro a todo el mundo con desconfianza. No tomo carros por aplicación. Temo volver a vivir esa pesadilla, que no se la deseo a nadie”, confiesa.
Hace una pausa, respira hondo y agrega que durante el encierro recibió amenazas de muerte. “Dijeron que me iban a hacer picadillo”. La voz se le quiebra al recordarlo.
El trauma no solo afecta la mente, sino también el cuerpo, con alteraciones gastrointestinales, respiratorias y cardíacas. En situaciones más graves, la persona puede llegar a perder la noción del tiempo o incluso de su identidad”.
Secuelas invisibles
Dos historias distintas, marcadas por la violencia, muestran las secuelas emocionales que estos delitos dejan mucho después del ataque. El secuestro y la extorsión se han consolidado como delitos de alto impacto en el país. Según cifras policiales, en 2025 se registraron 1.822 secuestros; en 2024 la cifra fue mayor, con 2.503 casos, lo que evidencia la magnitud y persistencia de este fenómeno delictivo.
El psiquiatra Juan Montenegro, perito del Consejo de la Judicatura, explica que las víctimas de secuestro pueden desarrollar trastornos de ansiedad, estrés postraumático y alteraciones del sueño si no reciben atención oportuna.
“El cuerpo puede superar el evento, pero la mente suele quedar atrapada en ese instante. El primer pensamiento que experimenta una persona al ser secuestrada es la muerte”, advierte.
Según señala, la víctima asume en ese momento que no sobrevivirá, y ese temor extremo puede persistir incluso después del rescate.
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Añade que actualmente atiende a pacientes que, meses después del cautiverio, todavía presentan crisis de pánico, hipervigilancia y serias dificultades para retomar su rutina cotidiana. “No todas las personas reaccionamos de la misma manera ante un hecho traumático. No se trata de comportarse con tranquilidad o ser colaborador, incluso si no se quiere. Lo importante es demostrar que uno es consciente de lo que está viviendo y que, en primer lugar, teme por su vida”, puntualiza.

Este ciudadano fue víctima de secuestro en mayo de 2025. La Policía logró liberarlo en el sector de Nueva Prosperina.
Más procesos por el delito
Por su parte, el fiscal César Peña, de la Unidad de Personas y Garantías de la Fiscalía Provincial del Guayas, asegura que el incremento de estos casos es evidente en los despachos judiciales. “En promedio atiendo entre 8 y 15 audiencias diarias. De ese número, entre tres y cinco corresponden a secuestro, secuestro extorsivo o extorsión”, explica.
Muchos de los procesados no registran antecedentes penales y son jóvenes que se integran a estructuras delictivas. En varios casos hay cinco, 10 o hasta 15 implicados. Operan de manera coordinada en distintos sectores”
Aclara que se trata de figuras penales distintas. “El secuestro implica privar de la libertad a una persona, sin que necesariamente medie una exigencia económica. El secuestro extorsivo consiste en retenerla mientras se exige dinero por su liberación. En cambio, la extorsión se basa en amenazas o exigencias económicas sin que necesariamente exista retención física”, detalla.
En estos casos, añade, las exigencias suelen oscilar entre 5.000 y 20.000 dólares, dependiendo del perfil de la víctima.
Sobre el caso de Fernando, precisó que el informe médico legal determinó más de 31 días de incapacidad debido a la gravedad de las agresiones. “Fue interceptado, golpeado y trasladado bajo amenazas con armas de fuego”, indica.
El fiscal advierte que no todos los secuestros terminan con la víctima a salvo. “Hay casos en los que las personas han muerto por asfixia o por no recibir alimentación adecuada durante el cautiverio”, señala, al recordar un caso ocurrido en junio de 2025 en el que una ciudadana de nacionalidad china fue hallada sin vida junto a otras tres personas. Por ese hecho hubo cinco detenidos.
Peña también subraya que no es habitual que las víctimas comparezcan personalmente en audiencia. “De cada 100 diligencias, apenas una o dos víctimas asisten. En este caso, el señor identificó a cada procesado y describió el rol que cumplió cada uno”.
Tras las reformas al Código Orgánico Integral Penal aprobadas en julio de 2024, las penas por secuestro extorsivo pueden alcanzar hasta 28 años y cinco meses de prisión. Si la víctima fallece, la condena puede llegar a 40 años, la máxima sanción prevista en la legislación ecuatoriana. “Antes predominaban los delitos de robo o tráfico de drogas. Hoy el secuestro está al mismo nivel e incluso por encima. No solo hay más detenidos, sino más procesos”, afirma.
Entre las agrupaciones que con mayor frecuencia aparecen en procesos judiciales menciona a bandas como Los Tiburones, Los Lagartos y Las Águilas, entre otras.

Los cinco detenidos por el crimen de una ciudadana china tendrían vínculos con Tiguerones Igualitos.
La recomendación policial
Un oficial de la Unidad Antisecuestros y Extorsión (Unase) señala que cerca del 90 % de las víctimas presenta afectaciones emocionales posteriores al delito. “Muchas personas dejan de salir, no duermen bien y viven en estado de pánico”, explica.
El oficial recalca que, ante una situación de riesgo, la recomendación es no enfrentarse a los delincuentes. “La prioridad siempre debe ser preservar la vida. Pedimos a la ciudadanía no arriesgarse y reportar cualquier hecho sospechoso de inmediato”, concluye.