Expertas analizan el ASMR 'picante' y el hormigueo que va más allá de la relajación
Lejos de ser una práctica dañina, sexólogas explican que el ASMR puede favorecer la relajación, la fantasía y la activación del deseo

La modelo Amouranth se ha consolidado como una de las pioneras en la incorporación del ASMR erótico
No siempre es necesaria una escena explícita de desnudos en pantalla. Hay quienes se colocan audífonos, bajan la luz y reproducen un video donde alguien susurra despacio, golpea suavemente un micrófono o juega con sonidos mínimos. Es ASMR, y aunque empezó como un refugio para relajarse, actualmente ocupa un lugar inesperado en la intimidad.
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El ASMR -siglas de Respuesta Sensorial Meridiana Autónoma- salió del anonimato en 2007, cuando el usuario @okayapple, en el foro de salud SteadyHealth, confesó que sentía un ‘hormigueo’ placentero en la cabeza estos ciertos sonidos. Para su sorpresa, cientos de desconocidos coincidieron con él y con el tiempo se convirtió en una tendencia focalizada especialmente en Estados Unidos.
Pero todo cambió con la pandemia. En medio del encierro, el ASMR encontró un terreno fértil para expandirse: TikTok. La plataforma se llenó de estos videos pensados para calmar, pero para cierto público, aquella tendencia empezó a ‘hormiguear’ otras partes…
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Ante la demanda, creadoras de contenido erótico como Amouranth, Indiefoxx o Staryuuki incorporaron el ASMR a su contenido con una estética sugestiva: lencería, gestos provocadores, gemidos e incluso lamidas.
Entender al cuerpo
Para la coach en sexualidad Lourdes Calderón, la clave está en entender cómo responde el cuerpo. “Es posible que algunas personas confundan relajación profunda con excitación”, explica.

El ASMR consiste en realizar sonidos leves con distintas cosas como partes del cuerpo.
“Cuando pensamos en lo sensorial, en lo que siente el cuerpo —que se erice la piel, ese hormigueo— podría confundirse o ser el inicio de un juego previo que provoque excitación. Desde la experiencia humana, lo uno puede llevar a lo otro”.
Desde una mirada clínica, la experta descarta que el fenómeno sea problemático en sí mismo. “No se podría decir que esto es un problema, es más bien una herramienta”, sostiene.
Recuerda que Masters y Johnson (revolucionarios de la sexualidad) desarrollaron la terapia del enfoque sensorial precisamente para reconectar con el cuerpo y los sentidos, tanto en pareja como de forma individual. En ese contexto, el ASMR encaja como una estimulación más dentro del abanico sensorial.

Lourdes Calderón, sexóloga educativa.
El punto de alerta aparece cuando el estímulo se vuelve indispensable. “Las personas construyen patrones”, advierte Calderón. “Si el ASMR se convierte en un requisito para la intimidad, ahí sí podría haber una problemática. Pero si se maneja bien, con buen conocimiento, incluso puede usarse en terapias de sexualidad”.
Algo similar ocurre con el porno: no es el contenido en sí, sino el uso repetitivo y excluyente lo que puede afectar la vida sexual.
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¿Puede generar conflictos similares a los asociados al consumo de pornografía? La respuesta vuelve a estar en el hábito. “Podría ser un problema si se vuelve una práctica adictiva”, dice. “Por eso debería explorarse con conocimiento profesional, porque si se conecta con otros malos hábitos puede afectar la salud sexual y llegar a convertirse en un fetiche”.
Finalmente, Calderón reconoce que hoy existe una división clara entre ASMR “no sexual” y ASMR “sexual”, aunque su origen no tuviera nada que ver con el erotismo. “Sin querer, se ha generado esta separación”, expresa.
El ASMR como nueva forma de intimidad en el Contexto digital
Para la sexóloga Johanna Aguilar, el poder erótico del ASMR no es casual ni superficial. Desde la sexología, explica, los estímulos —auditivos, táctiles o visuales— no actúan de forma aislada, sino dentro de una sexualidad compleja atravesada por lo emocional y lo sociocultural.
“El estímulo auditivo tiene una relevancia enorme: el tono de voz, el ritmo, la respiración y hasta el tipo de palabras activan a nivel cerebral las vías del deseo y la anticipación”, señala.

Johanna Aguilar, sexóloga ecuatoriana.
La excitación, recuerda, no se limita a la penetración ni a lo genital, sino que tiene una fuerte asociación psicológica construida a partir de experiencias previas, sexuales y no sexuales.
Desde esta perspectiva, Aguilar considera que hablar de una “sexualización del ASMR” no es del todo preciso. Más bien, se trataría de una reinterpretación del estímulo por parte del espectador. La cercanía de una voz, el sonido de la respiración o el vínculo que se crea desde la pantalla —sumados a lo visual, como una persona atractiva o con poca ropa— pueden activar los circuitos cerebrales de recompensa y apego, generando excitación aunque ese no haya sido el objetivo original del contenido.
“También es algo cultural”, aclara. “Si colocamos estos sonidos a una persona mayor, probablemente no provoquen ningún estímulo”.
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Esto ayuda a entender por qué, para algunas personas, el ASMR resulta más excitante que el porno explícito. Aguilar explica que la erotización es profundamente individual.
En una película pornográfica, dice, la trama suele estar cerrada: se sabe cómo empieza y cómo termina. En cambio, el ASMR ofrece un estímulo abierto, más simbólico, al que cada persona puede otorgar un significado propio, muchas veces más potente que lo visual.
En ese sentido, el ASMR deja espacio a la imaginación. “No hay un libreto ya escrito”, afirma la sexóloga. “Se deja la puerta entreabierta para que el cerebro complete lo que falta, genere guiones internos, fantasías y expectativas”.
Ese proceso activa sistemas de motivación y anticipación, lo que puede traducirse en mayor deseo. Lejos de ser negativo, Aguilar considera que esto puede resultar positivo para quienes buscan reconectar con su mundo erótico interno.
Todo esto se enmarca, además, en un cambio más amplio en la forma en que se construye el deseo sexual en la era digital. Aguilar recuerda que prácticas que antes parecían lejanas o incluso motivo de burla —como el sexo telefónico— hoy forman parte cotidiana de la intimidad, a través del sexting o las interacciones virtuales, especialmente en parejas a distancia.
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