La vida sexual en discapacidad existe y en Quito ya se paga por este servicio
Testimonios revelan que el acceso a la sexualidad en discapacitados no solo es posible, sino necesaria para su bienestar emocional

Imagen referencial. Especialistas y trabajadoras sexuales coinciden en que la vida íntima también forma parte de la rehabilitación.
¿Sexo como terapia? El debate sobre discapacidad y derecho al placer se enciende. Mientras Uruguay capacita a trabajadoras sexuales, experto explica cómo rehabilitar la intimidad. Descubre cómo Ecuador enfrenta este tabú con un enfoque de inclusión y salud sexual.
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El sexólogo Edison Pazmiño lo ha visto de cerca: hombres jóvenes en silla de ruedas, pacientes con enfermedades neurodegenerativas o víctimas de accidentes que, además de rehabilitar su cuerpo, buscan recuperar su vida íntima. “El órgano sexual más importante es el cerebro”, dice, mientras describe cómo incluso en la adversidad el deseo persiste.
El tema ha cobrado relevancia tras una iniciativa en Uruguay, donde trabajadoras sexuales se capacitan durante meses para ‘atender’ a personas con discapacidad, con apoyo de profesionales de la salud y un enfoque de derechos.
La propuesta, que ha generado debate en redes sociales, pone sobre la mesa una pregunta incómoda: cómo garantizar el acceso a la sexualidad en contextos de limitación física o cognitiva.
En su consulta, Pazmiño explica que la sexualidad forma parte del proceso terapéutico. Muchos pacientes llegan con temor, dudas o frustración tras adquirir una discapacidad.

El sexólogo Edison Pazmiño
“Hay que reentrenar al paciente para que descubra nuevas formas de placer”, señala. Aunque existan limitaciones físicas -como la falta de sensibilidad o problemas de erección-, insiste en que mientras el cerebro esté intacto, la experiencia sexual sigue siendo posible.
Desde un enfoque clínico, incluso una intimidad acompañada puede tener efectos positivos. “Es parte de la rehabilitación sexual”, afirma. Sin embargo, advierte que no es un proceso improvisado: requiere evaluación médica, orientación y, en algunos casos, acompañamiento familiar.
También existen riesgos, advierte, como la dependencia emocional a las sexoservidoras, por lo que los límites deben estar claros.
Inclusión en el trabajo sexual en Quito
Ese debate, que en Uruguay ha tomado forma a través de un modelo más estructurado, encuentra en la capital una realidad similar. En el Centro Histórico de Quito, la dirigente Nelly Hernández, del colectivo de derechos de trabajadoras sexuales Plaperts Ecuador, asegura que este tipo de atención ya ocurre.
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“Somos inclusivas”, dice Hernández. Según cuenta, ella y otras de sus compañeras han atendido a personas con distintas discapacidades. La dinámica implica más tiempo, cuidado y asistencia. Por ello, el servicio puede costar el doble, pasando de 15 a 30 dólares.

Nelly Hernández, dirigente de trabajadoras sexuales en Quito.
La dirigente recuerda, por ejemplo, a un joven con esquizofrenia que acudía a ella con su padre de forma periódica. “El mismo neurólogo recomendó que lo llevaran para que se tranquilice”, dice. Según su experiencia, este tipo de encuentros puede influir en el estado emocional de algunos usuarios.
Aunque en Ecuador no existe un modelo de capacitación formal como el de Uruguay, Hernández asegura que sí hay procesos de formación dentro del gremio. Explica que las líderes reciben talleres en espacios como organizaciones sociales y entidades de salud, y luego replican ese conocimiento al resto de trabajadoras.
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