Investigación vincula el consumo de redes sociales con violencia infantil en Guayaquil
El acceso de los menores a dispositivos móviles se salió de las manos. Investigaciones con alertan sobre ansiedad, violencia y bajo rendimiento

Desde los 3 años con pantallas, expertos alertan que sobreexposición ha cambiado la conducta de niños.
La adicción al celular azota a Guayas. Niños de Monte Sinaí y adultos en Durán sufren crisis de conducta e insomnio por el consumo digital. Estudios de la PUCE y UPS vinculan este exceso con la violencia y el bajo rendimiento, exponiendo el riesgo de usar las redes como escape ante la inseguridad.
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Crisis en Monte Sinaí
De la ternura al desafío. Le dicen a su madre que se irán de casa, a vender agua en la calle si es necesario. Tienen 7 y 10 años. Eran respetuosos, pero se han vuelto agresivos. Se aburren fácilmente. Son niños de Monte Sinaí, un sector marcado por carencias e inseguridad en el noroeste de Guayaquil.
Eugenia Delgado, líder comunitaria desde hace nueve años en la cooperativa Nueva Esperanza, también en el noroeste, donde el sol golpea con fuerza las calles de tierra y las cercas de caña, lo recuerda claramente. Asegura que no son casos aislados: los ve y los escucha todos los días en ese sector.
Parte de esa rebeldía infantil la provoca el uso del teléfono celular, asegura Delgado. Los niños no quieren desprenderse de él; se levantan por la noche y aprenden a desbloquear los dispositivos de sus padres. Se niegan a desconectarse de ese mundo. Ella ha observado comportamientos de riesgo en el uso de celulares en unos 35 menores de su sector.
Lo que Eugenia observa en las calles de Monte Sinaí también se refleja en una investigación realizada en 2025 por la Escuela de Psicología de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, sede Ambato, y la Universidad del País Vasco, que indaga en la relación entre la adicción a las redes sociales y el ciberacoso, y en la que participaron 518 adolescentes.

Niños de 7 y 10 años ya desafían a sus padres con irse de casa si no les permiten usar el celular.
Impacto en el cerebro
Los investigadores se basaron en la definición de conducta adictiva establecida en el manual DSM-5, la cual se caracteriza por la tolerancia, la abstinencia, el deseo persistente de realizar la conducta, el tiempo invertido en ella, la reducción de otras actividades y la incapacidad para detener una práctica perjudicial, según señala el documento.
Para Jaime (nombre protegido), taxista, las redes sociales se han vuelto un escape, una salida breve de la realidad frente a la violencia que ve todos los días en las calles del cantón Durán, provincia del Guayas.
Tiene 40 años. Le gustan los videos extraños, los divertidos, cualquier cosa que le permita no pensar. Su rutina empieza de noche (de 21:00 a 03:00), en Instagram. Lo que comenzó como distracción se convirtió en otra cosa.
“Hace unos ocho meses dejé de dormir bien. Con el toque de queda (el último decretado por el Gobierno del 15 al 30 de marzo) consumo más, sobre todo reels. El problema es que llego cansado al trabajo. No descanso. El mundo está muy difícil, y estos contenidos son divertidos… sobreestimulan demasiado”, dice.
A las ocho de la noche se acurruca en su cama. Enciende el aire acondicionado. El teléfono se ilumina. Un video. Otro y otro más. El dedo no se detiene.
Las horas pasan sin hacer ruido. Medianoche. La una. A veces, el amanecer. Las señales aparecen en el estudio universitario. No gritan. Se repiten.
En TikTok e Instagram, los niveles de adicción son más altos que en quienes no usan estas plataformas: falta de control, uso excesivo, horas que se acumulan sin que nadie las cuente.
Peligro de las pantallas
El psicólogo clínico especializado en adicciones Carlos Vallejo explica que cualquier conducta que genere placer o ayude a escapar de lo que se siente puede volverse adictiva: el juego, las sustancias, el sexo, la comida o las redes sociales.

Un estudio con 518 adolescentes vincula la adicción a redes con conductas violentas y falta de control en el uso del celular.
Vallejo indica que, en el fondo, muchas de estas conductas funcionan como una forma de regular emociones: aliviar ansiedad, tristeza o soledad, o simplemente buscar placer inmediato.
“A nivel cerebral, todas activan el mismo sistema de recompensa. El problema de la adicción empieza cuando no se puede parar o cuando se genera ansiedad, irritabilidad o aburrimiento por no acceder a la actividad. En el caso del celular o las redes, no se trata solo del tiempo de uso, sino de cómo ese uso está afectando la vida diaria”, señala el profesional.
Bajo rendimiento y violencia
Los investigadores universitarios lo nombran: bajo rendimiento académico, deserción escolar, conductas violentas. La ortografía se deteriora, la higiene se descuida. Aparece algo más difícil de decir: la ideación suicida.
En el consultorio de la psicóloga educativa Alexandra Paredes, en Quito, llegan algunos casos. Dos adolescentes con uso problemático de pantallas son llevados por sus padres. No encajan, no tienen buena relación con otros chicos y presentan problemas en el aula por constantes peleas con compañeros, profesores e incluso con guardias de seguridad. No contienen la ira.
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Realidades similares a las encontradas en la investigación universitaria, donde se describe que la dependencia de las plataformas digitales se vincula con una mayor propensión a la violencia en adolescentes cuya autorregulación está en desarrollo.
La investigación también enfatiza la necesidad de actividades preventivas que involucren a adolescentes y padres para evitar la agresión y el acoso en todas sus formas.
La psicóloga Paredes dice que todo empieza antes, a los 3 años, con pantallas en las manos para que los niños se queden quietos, no lloren o no molesten.
Los videos de YouTube consumidos por menores duran poco -unos 20 segundos-, pero tienen un impacto profundo: colores intensos, sonidos llamativos, animales, personas en situaciones inusuales, entre otras escenas altamente estimulantes. Una secuencia que no se detiene.

Infancia interrumpida. Cientos de niños en Guayaquil cambian las aulas por las calles para vender dulces.
Paredes explica que la vida laboral actual también limita el tiempo de los padres para la estimulación temprana. Insiste en que hacen falta espacios sin pantallas para los menores, lugares de juego donde se estimule a través de las texturas.
Pero también señala la necesidad de recuperar hábitos: “la lectura de cuentos a los niños, salir a manipular objetos -tierra, plantas, piedras-, cosas que antes importaban. Ahora ya no tanto. Ahora, como se nota, prefieren la pantalla”.
Límites y regulación familiar
Los dos casos que la psicóloga describe como adicción a las pantallas se hicieron evidentes cuando a los adolescentes les resultó difícil dejar el celular.
Cuando se les retiraba el estímulo -el teléfono-, reaccionaban con violencia: querían golpear y lanzar objetos. La situación era grave. Primero acudieron a controles psiquiátricos; luego, a consultas psicológicas.
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Una investigación de la Universidad Politécnica Salesiana (2022) encontró que la adicción a las redes sociales aparece por el uso excesivo y puede generar trastornos en usuarios que permanecen conectados: pierden la noción del tiempo, sienten ansiedad por seguir en línea, desarrollan desconfianza y temor en sus relaciones.
La encuesta incluyó a 228 estudiantes universitarios, entre 16 y 30 años, como parte del estudio “Adicción a las redes sociales en jóvenes guayaquileños, Ecuador”.
La psicóloga Priscila Marchán, docente de la Universidad Casa Grande, explica que en sus estudios el uso problemático -consumo compulsivo- aparece vinculado a la nomofobia: el miedo a no tener el teléfono cerca.
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“El dispositivo móvil se vuelve parte de la vida, de la actividad mental. Cuando no está, algo falta. Nuestra atención no es infinita”, dice. Las plataformas están diseñadas para capturarla.
La atención se divide en dos canales: uno para la vida diaria y otro para las emergencias. Si los niños se acostumbran desde pequeños a estímulos constantes, su capacidad de enfocar la atención de forma voluntaria se reduce.
Marchán no recomienda prohibir los teléfonos, pero sí regular su uso dentro del hogar. Si una persona dice “quiero dejarlo, pero no puedo”, ahí hay un problema.
Sugiere ayudar a los jóvenes a poner límites, usar herramientas que midan el tiempo en pantalla y recuperar el encanto de la vida analógica. (María Fernanda Carrera Toscano)
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