La historia de Carlos Lindao, el carbonero de El Morro, en Guayaquil, que tiene 123 años
Sus 123 años, según su partida de nacimiento, se los atribuye a una dieta de mariscos. En El Morro nadie discute su oficio ni su lucidez

A sus 123 años, don Carlos sigue caminando sin bastón y mantiene vivo el oficio ancestral del carbón.
El carbón cruje, el humo sube y el estero corre manso frente a su casa. Carlos Alberto Lindao Vera acomoda la leña con paciencia de artesano viejo. No usa bastón ni lentes. No se apura. En El Morro lo ven caminar todos los días y todavía les cuesta creerlo: según su partida de nacimiento, tiene 123 años.
Sus arrugas, vitalidad y lucidez parecen sostenerse en dos ‘pilares’, su dieta marina y una que otra “medicina”. Asegura haber nacido el 17 de octubre de 1902. Algunos dudan; otros valoran más su fortaleza para seguir trabajando.
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Anita Jordán, su nuera, afirma que don Carlos jamás se ha enfermado, pese a haber pasado décadas expuesto al humo, las brasas y los mosquitos del manglar, debido a su trabajo como carbonero desde los 13 años, en El Morro, parroquia rural de Guayaquil.
Según cuenta, su rutina es inalterable: se levanta a las cinco de la mañana, se mantiene activo durante toda la jornada y se acuesta a las siete de la noche. “Tiene una energía increíble”, asegura.
Pescado y concha asada con su propio carbón, sudados y ceviche de ostiones con aguacate son la base de su dieta ‘pepa’. No come carne roja; del caldo de pollo solo toma el líquido y nunca bebió licor. “Antes la comida era natural. Por eso la gente pasaba de los 100 años. Ahora todo tiene químicos”, reflexiona don Carlos, quien no usa lentes ni bastón.
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También atribuye su longevidad a una medicina que recibió ya en la adultez para aliviar una fuerte picazón en el cuerpo. Fue recetada por la doctora María Apolinario durante una brigada rural y consistió en cuatro inyecciones que, según recuerda, servían para “limpiar la sangre que la tenía sucia”, según las palabras que le explicó la médica.
Las dosis fueron compradas en la antigua botica Victoria, en Guayaquil, que distribuía medicinas a los pueblos. “La doctora me dijo: ‘Con esta medicina, me muero yo y tú seguirás vivo’. La doctora murió a los 50 años y yo sigo vivo”, relata.
Y para las gripes, sostiene que le basta con chupar limón con sal, y san se acabó.
Por eso, las calles de El Morro todavía soportan las pisadas lentas pero seguras de don Carlos. Subir y bajar veredas irregulares no le cuesta. Cruza, incluso, un puente de tablas que él mismo construyó para salvar el estero que separa su casa del resto del poblado.
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Don Carlos Lindao vende carbón artesanal en El Morro.
Un ‘libro’ de historia
En esta comunidad pesquera y manglera, su edad provoca asombro y dudas a partes iguales. Lo que nadie discute es que aún ejerce el oficio que aprendió de su abuelo, Antonio Vera. “Es el único que queda del tiempo de antes. Le compro su carbón para asar lisa para mi familia”, cuenta su vecino Simón Figueroa.
Mientras armaba un horno artesanal junto al estero, don Carlos relató con lucidez su infancia marcada por la orfandad. Se quedó solo a los cinco años tras la muerte de sus padres, Juan Antonio Lindao y Manuela Susana Vera. Fue criado por sus abuelos en Guayaquil, adonde llegó en balandra (embarcación pequeña), cuando aún no existían carreteras. Recuerda los nombres de aquellas naves: Europa, Buenos Aires, Pájaro Verde y Calderón, que llegaban a El Morro con víveres y regresaban a la ciudad cargadas de carbón.
El producto viajaba a Guayaquil por el río Guayas hasta el Marcado del Sur y de allí salía en carretas tiradas por mulas rumbo al Mercado Central, que era el único de la época, cuando solo había un tranvía. “Mi abuelo tenía una carreta y yo siempre lo acompañaba”, rememora.
Evoca también la revuelta del 28 de mayo de 1944: el derrocamiento del presidente Carlos Alberto Arroyo del Río y la toma del cuartel policial de madera, incendiado en medio del levantamiento popular que llevó a José María Velasco Ibarra al poder.
Su niñez fue errante. La casa de su abuela, madre de 10 hijos, no tenía espacio para “este guácharo”, bromea. Tras su paso por Guayaquil, un pariente, Gregorio Vera, lo llevó a la isla Puná. Vivió en un cerro que bautizó como el de los Morreños, porque allí se asentaron familias llegadas de esta parroquia. Fue en ese lugar donde, con apenas 13 años, entró de lleno al mundo del carbón, que ya su abuelo le había mostrado. “Éramos quince carboneros. Ya todos murieron. Solo quedo yo”.
En aquellos días, el carbón (hecho de mangle) era el único combustible para cocinar. Una paca costaba un sucre. Hoy, un saco ronda los siete dólares. Aun así, Lindao ajusta el precio a la necesidad del cliente. “Hay gente que viene con 25 centavos o un dólar y se les llena la funda. Así no gano siete dólares, solo cuatro”.
Ya no usa mangle: cortarlo es delito. Trabaja con madera reciclada de barcos, lanchas o casas viejas (guayacán o laurel) que ya cumplieron su vida útil.
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Don Carlos Lindao prepara el horno artesanal.
Su corazón y el hijo que se fue
Su primer amor, María Domitila Vera, murió hace 19 años, cuando tenía 55. No tuvieron hijos, pero criaron a un sobrino, Roberto, quien hoy lo cuida junto a su esposa, Anita. Luego hubo otra relación y una herida que no cerró: “Se llevó al bebé y nunca más lo vi”. A su edad, aún desea encontrar a ese hijo.
Anita compara su historia con la de Baltazar Ushca, el Hielero del Chimborazo, reconocido como patrimonio humano. “Mi suegro tiene 123 años y lleva 110 haciendo carbón. Es el último carbonero del siglo pasado que aún existe. Merece ayuda”, afirma.
Dudas
Vecinos recuerdan errores frecuentes en antiguas inscripciones del Registro Civil, cuando las actas eran manuscritas. Algunos sostienen que don Carlos podría rondar los 90 años. Otros aseguran que tuvo un hermano mayor nacido en 1922 y que él sería el menor de cinco. Hay quienes comparan su movilidad con la de Rosita Cruz, una morreña de 106 años que ya no camina.

Don Carlos posa para el lente de EXTRA con parte de su familia, quienes certifican su lucidez y vitalidad.
¿Será el sudado de pescado, la concha asada o un lío en la inscripción lo que lo mantiene de pie? En El Morro, mientras siga caminando y prendiendo el carbón, la duda queda en segundo plano.