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Diario Extra Ecuador

Guayaquil: Le dijeron que su pulmón "estaba muerto" y aseguró que Jesús la curó

La adulta mayor, nacida en Quito, contó que un médico le dijo que uno de sus pulmones “estaba muerto”, pero luego sintió cómo el Señor la había curado

Anna Moya mientras sostiene su Biblia, la cual acostumbra a leer cada día.

Anna Moya mientras sostiene su Biblia, la cual acostumbra a leer cada día.Gerardo Menoscal / Extra

Diego Alfonso Alvarado Franco

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Anna Mercedes Moya tiene 70 años, una historia marcada por la fe, la violencia y la supervivencia, y un cuerpo que carga con la artritis reumatoide. Nació en El Tejar, en el centro de Quito, y desde hace cinco años vive en Guayaquil, donde se gana la vida vendiendo golosinas como comerciante ambulante. La mujer pide ayuda solidaria. 

(Lea también: Esperó 7 meses y casi queda ciego: EXTRA lo contó y 'se perdió un barrio' fue operado)

Guarda toda su mercadería en una vieja mochila, gastada por el uso, pero aún firme. Con ella recorre la avenida 9 de Octubre y las calles aledañas, caminando despacio, pues su enfermedad le limita los movimientos. “La gente que me conoce me regala ropita, comidita”, cuenta. 

Sale a vender cerca de la una de la tarde y suele regresar alrededor de las cinco. Lo que gana no alcanza para lujos, pero sí para comer y pagar un cuarto.

Esa habitación está en el centro del Puerto Principal. Es pequeña y austera. A dos pasos de la entrada hay una silla roja donde descansa. Junto a ella, una mesita sostiene una Biblia violeta de tapas gastadas. Anna Mercedes cuenta que lee “cuatro o cinco hojitas” cada mañana y repite el ritual al anochecer. “Siempre le doy gracias a Dios por esta vida”.

El caos que vivió por años

Doña Mercedes tiene tres hijos, todos mayores de 40 años. Habla de ellos sin odio, pero con crudeza. Durante años vivió con ellos y los describe como consumidores de drogas. “Se pegaban delante mío, eran vagos y yo tenía que llevarles para la comida”, recuerda. Un día decidió marcharse.

Se fue con el único hijo con el que mantenía una relación estable. Vivieron en San Juan y sobrevivieron vendiendo caramelos. “Dios me dijo que vaya por lo legal”, afirma.

La venta de golosinas en el centro de Guayaquil es su fuente de sustento.

La venta de golosinas en el centro de Guayaquil es su fuente de sustento.Gerardo Menoscal / Extra

La convivencia terminó de forma violenta. Una discusión doméstica escaló hasta una agresión física: su hijo le lanzó un ‘lavacarazo’. Por la culpa, desapareció por dos días. Fue entonces cuando su cuerpo empezó a fallar.

La adulta mayor acudió al Hospital Eugenio Espejo, en Quito, por falta de aire. Según su testimonio, los médicos le dijeron que debía usar oxígeno de forma permanente y que su pulmón izquierdo “estaba muerto”. No tenía dinero para costear el tratamiento.

Al salir del hospital levantó la vista al cielo. “Si Usted ha querido que yo muera, pues es mi turno”, recuerda haberle dicho a Dios. Asegura que en ese momento sintió algo que le recorría la espalda, “como un algodoncito”. Poco después empezó a pensar que se había tratado de un milagro.

Todo ocurrió en 2021, en época de pandemia, periodo en el que también padeció covid. Tras la agresión y el diagnóstico médico, un amigo suyo que es médico le sugirió viajar a la Costa.

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El consejo podría explicarse porque ciudades a menor altitud, como Guayaquil, suelen facilitar la respiración en personas con afecciones pulmonares. La ‘ñora’ tomó la decisión y, con apenas 90 dólares, se marchó.

Al llegar, se alojó primero en un hotel cercano al parque Centenario. Luego consiguió arrendar el pequeño cuarto donde hoy vive. Uno de sus primeros trámites en el Puerto Principal fue acudir al Hospital Bicentenario.

Allí, según relata, un médico escuchó sus pulmones y le dijo algo que la dejó atónita: “Yo estoy oyendo que los dos pulmones funcionan bien bonito. ¿Quién le dijo que estaban dañados?”. Para Anna, eso confirmó lo que ya creía. Recordó la sensación en la espalda y no dudó: Jesús la había curado.

El hijo que no volvió a ella

Aunque dice estar en paz, hay un nombre que todavía le duele pronunciar: Bolívar Acosta, el hijo que la agredió y del que no volvió a saber nada. “Ay, mi cachorrito. No sé si ha muerto. Espero que si alguien ve este reportaje, lo reconozca”, expresa con los ojos empapados de lágrimas.

Sus otros ‘retoños’ tampoco tienen noticias de él. A ellos les ha pedido que la visiten. Le prometieron hacerlo en Año Nuevo, pero ya no los espera. Asegura que ya no sufre como antes. Pero del recuerdo de Bolívar, no logra desprenderse.

Estimado lector, si desea apoyar a doña Mercedes con víveres, vestimenta o recursos económicos, puede hacerlo contactándose al 098 789 3535.

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