Quito después del Año Viejo: la ciudad apocalíptica que limpian 450 ‘soldados azules’
Como en la película ‘Soy Leyenda’, Quito despierta vacía y destruida tras las quemas de monigotes. La ciudad duerme y 450 obreros limpian lo que dejó la fiesta.

Durante las festividades se recogen mas desechos que en días normales.
Cada 1 de enero, Quito parece sacada de una película apocalíptica. Las veredas están llenas de escombros, el aire huele a humo, las vías amanecen cubiertas de ceniza y los monigotes ‘desmembrados’ se convierten en parte del paisaje.
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Las celebraciones del Año Viejo dejan a la Carita de Dios en completa desolación, como si fuera una versión criolla de la película ‘Soy Leyenda’. La diferencia es que aquí no hay un solo Will Smith, sino 450.

Los tres 'soldados azules' trabajan en el norte de Quito
Son los llamados ‘soldados azules’, los obreros de barrido manual de la Empresa Pública Metropolitana de Aseo de Quito (Emaseo), quienes cada inicio de año se convierten en los únicos sobrevivientes de una ciudad silenciosa, con habitantes ‘chuchaquis’ y toneladas de basura.
“Recibo el año barriendo, pero orgulloso”
Gonzalo Moreta es uno de ellos. Tiene 56 años y lleva 34 como soldado azul. Para él, el sacrificio es grande: deja a su familia cada 31 de diciembre para recibir el año nuevo con una escoba en la mano.
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“Lo hago por la satisfacción de ver a la ciudad reluciente”, asegura.
Gonzalo dice sentirse como el protagonista de ‘Soy Leyenda’, pero versión quiteña y en Cotocollao. Este 1 de enero lo recibe en la calle Lizardo Ruiz, bajo un cielo opaco por el humo de las quemas.
“En cada esquina levantan tarimas para la pachanga, pero cuando todo termina, esos sitios parecen trincheras de guerra abandonadas”, comenta.
Como en la película, también se ha topado con ‘criaturas mutantes’. No son zombis, pero sí le han sacado más de un susto.
“Creo que son ‘años viejos’ que no fueron quemados. Cuando intento moverlos, se despiertan”, relata entre risas. Son personas alcoholizadas que amanecen tiradas en calles, veredas o junto a los contenedores.
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Otro problema son las montañas de desperdicios: colchones, muebles, electrodomésticos y todo lo que algunos aprovechan para botar. “Parece que hay quienes aprovechan que todos están festejando para botar lo que ya no les sirve en la casa”, dice.

En fin de año no se paraliza el servicio de limpieza.
Para esta ‘guerra contra la basura’, Emaseo utiliza volquetas que retiran los objetos pesados.
Mujeres que también libran la batalla
Del batallón de 450 soldados azules, 190 son mujeres. Todas con la misma convicción: dejar a Quito ‘limpiecita’.
Nancy Segarra es una de ellas. Vive solo con su hija universitaria y le ha enseñado que no hay trabajos indignos. Y aunque reconoce que ha sufrido discriminación en la calle, prefiere ignorarla.
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“Ha habido gente que botaba basura justo donde ya había barrido”, recuerda.
Nancy insiste en que su hija no se deje llevar por estereotipos. “Las mujeres no solo podemos hacer trabajos ligeros”, sostiene. Cada soldado azul levanta en promedio 60 kilos de residuos al día, camina casi cinco kilómetros por jornada y carga una pala de 1,5 kilos.

Los trabajadores madrugan para salir a su jornada.
Ese esfuerzo, asegura Nancy, ha valido la pena. Su hija estudia Medicina y comprende hoy el sacrificio de su madre, aunque no siempre fue fácil.
“Casi se rompe la relación porque yo pasaba Año Nuevo trabajando, no en casa. Pero con el tiempo entendió que era la única forma de llevar el pan”, relata.
“Sin nosotros, la ciudad sería un caos”
Juan Anangonó, de 48 años, es soldado azul desde 2016. Cada 31 de diciembre se acuesta a las 19:00 en punto. La pirotecnia, los gritos y el conteo regresivo no lo despiertan.
Cena bien, abraza a su pareja y no prueba ni una gota de licor. “Recibo el año dormido”, dice. Su ventaja es que su novia entiende su rutina: ella también fue parte del batallón de limpieza.
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Juan está convencido de que su trabajo es clave. “Sin un solo día de nuestro servicio, la ciudad sería un caos”, afirma.
Por eso, él, Nancy y Gonzalo hacen un pedido claro a la ciudadanía: no desprestigiar un oficio que, aunque invisible para muchos, es fundamental para que Quito vuelva a la vida cada 1 de enero.